Inquietud en Persia

OPINIÓN

LOS JÓVENES iraníes que salen a las calles de Teherán desde hace días para demostrar su descontento con la lentitud en la implementación de las tan prometidas reformas aperturistas de Ali Jamenei no son otros que los hijos de aquellos manifestantes que en 1979 se unieron para expulsar al Sha. Aquellos manifestantes se apoyaron en la única fuerza aglutinadora de aquel momento: los clérigos chiitas reputados y respetados por observar con rigor los preceptos religiosos y preservar la tradicional moral persa. La pureza de su comportamiento contrastaba vivamente con el despilfarro bochornoso de la corte del pavo real. Veinticuatro años después, el pueblo iraní ha vuelto a las calles para exigir que todo aquello que se le prometió se cumpla. Si los jóvenes iraníes de 1979 clamaban por un Gobierno legítimo que devolviera el poder al pueblo, los de hoy parecen pedir justo lo mismo que sus padres pero rompiendo con la tradición fundamentalista. Irán es un país que, en las últimas tres décadas, ha tenido un gran crecimiento demográfico. Más de la mitad de su población tiene menos de treinta años y no ha conocido otra cosa que el régimen férreo de una república islámica de corte rigorista. La mayoría se sienten frustrados al comprobar que, a pesar de tener una educación universitaria, no tienen un futuro con posibilidades. Quieren algo más. Los jóvenes persas identifican, no sin cierto grado de lógica, aperturismo con progreso, un progreso que atrae la inversión extranjera y, por lo tanto, promueve la creación de trabajo. Y no están errados. Una vez más, se trata de la pugna por el poder y no por la pureza religiosa la que subyace en esta ausencia de aperturismo. Los clérigos temen que, en cuanto empiecen a abrir la mano y permitan la introducción de capital y personal extranjero, toda la construcción ideológica y represiva se venga abajo. Jamenei tiene buenas intenciones, pero carece del carácter y el poder necesarios para implementar medidas aperturistas progresivas. La inercia de los clérigos que detentan el poder es demasiado grande para permitir un movimiento hacia delante.