DESDE EL Edicto de Milán, a principios del siglo IV, la historia de Europa está ligada al cristianismo. Claro que antes de Cristo ya había griegos y romanos, a los que debemos nuestra civilización y su espíritu ecléctico. Y que, un poco después, también pasaron por aquí los bárbaros y los árabes -¿qué sería de nosotros sin Averroes?-, que completaron un mosaico de excepcional complejidad y belleza. Pero habría que estar ciegos para no ver y sentir que la identidad europea rezuma cristianismo por todas partes, desde el arte a la guerra, desde la ética a los negocios, desde los conceptos jurídicos a la filosofía, y desde la familia a las instituciones políticas. Si no entendemos el hecho religioso tampoco podremos entender un mundo cuyas raíces judeo-cristianas se perciben incluso en los aspectos que aparentemente lo contradicen: el laicismo, el materialismo, el agnosticismo y el anticlericalismo. Conscientes de este hecho, muchos europeos de hoy, creyentes y no creyentes, se preguntan sobre la conveniencia de reconocer la identidad cristiana en la Constitución. El Papa viene hablando de ello desde que visitó Santiago en 1992, y muchos políticos, incluidos los jefes de Gobierno de España, Polonia, Portugal, Irlanda y Austria, parecen dispuestos a enmendar el texto de la Convención para que el término cristiano o cristiandad figure en la Carta Magna. Hay que decir, sin embargo, que los deberes relativos a este punto siguen sin hacer, que nadie se preocupó de elaborar textos y reflexiones sobre el alcance y los significados de esta propuesta, y que toda la defensa de este criterio se está haciendo con un simplismo y una imprecisión que no presagian un buen final. Porque, si todos tenemos claros los motivos que nos llevan a defender una Constitución laica, como elemento fundante de una sociedad plural, multirreligiosa y multiétnica, nadie sabe cuál es el propósito de un matiz cristiano que, más allá de refrendar lo obvio, se muestra teñido de una asepsia que no se cohonesta con el interés que se pone en su defensa. Lo que muchos tememos es que, detrás del historicismo religioso con el que Aznar está pagando el no ser aludido por el Papa en sus discursos contra la guerra, se esconda un equilibrio de poder entre la sociedad civil y la Iglesia católica, que, en caso de ser interpretado al modo tradicional, haría muy difícil la Europa que tiene que venir. Por eso vale más la prudencia de Chirac y Schröder, y de las iglesias protestantes, que el entusiasmo místico de Aznar y Durâo Barroso y de la Iglesia católica. Porque si la Europa del futuro no puede ser «sólo» cristiana, sería un riesgo enorme llenar de arena sus engranajes.