Una Constitución a la carta

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

ANOTADOS los entusiasmos, advertidas las reservas, ha ocurrido lo que se esperaba en la cumbre de Salónica, con la criatura constitucional alumbrada por la Convención. El padre/comadrón de la criatura, presidente de la Convención y ex presidente de Francia, estaba radiante de felicidad. Previsto también, como el contento y la satisfacción de Jacques Chirac y Gerhard Schröder; al fin y al cabo, Giscard había cumplido, con brillante precisión de tecnócrata, el encargo que se le hiciera, la instrucción recibida. Más allá de lo que quepa hacer de ahora en adelante, con la Conferencia Intergubernamental -que traerá ajustes y rectificaciones de mucho bulto en el proyecto de Constitución, cocinado tan a la carta y al gusto franco-alemán-, lo cierto es que sobre la mesa hay algo más que un supuesto empecinamiento español por el reparto de poderes que se ha hecho en el texto. Es una cierta idea de Europa lo que subyace en la operación de enterrar el Tratado de Niza, suscrito antes de que sobreviniera el cisma atlántico por el pleito de Irak. Y esa idea no es otra que la de una construcción política al servicio de algo que va más allá de la reconciliación histórica entre París y Berlín. Después de pelearse en tres guerras, franceses y alemanes, tras 50 años en paz, han decidido casarse, integrarse políticamente, en un proceso advertido y comentado por la ministra de Asuntos Exteriores. El Tratado de Niza obsta a los proyectos desde el Rin. El eje franco-alemán sería el eje de giro de la política y las decisiones de la UE, si la criatura de Salónica llegara a puerto como está, sin los severos ajustes en la Conferencia Intergubernamental. Hubiera sido una Constitución de genuino consenso lo presentado en Salónica, si el consenso fuera más allá de las conveniencias de Francia y Alemania; a las que, como digo, se les ha hecho una Constitución a la carta.