PALABRA del pueblo, palabra de Dios, dice el proverbio democrático, hermano de ese otro que impera en la hostelería: el cliente siempre tiene razón. Pues resulta que no está tan claro y que el axioma se ha puesto seriamente en duda a raíz de las últimas elecciones, tan ricas en matices y en pactos, y a raíz también del debate sobre el barniz soez de algunos programas televisivos de éxito. La verdad es que la discusión ya no es de ahora. El siempre actual Bertrand Russell dice, en su libro La conquista de la felicidad , que «uno debe respetar la opinión pública lo justo para no morirse de hambre y no ir a la cárcel; todo lo que sobrepase ese punto es someterse a una tiranía innecesaria». Acierta el sabio galés como si estuviera pensando en la España de hoy. Todos podemos ser más felices si no nos sometemos tanto a la mayoría y al imperio de la moda. Con dos excepciones: los programadores de televisión y los políticos. Los primeros, porque si no encuentran a su Pocholo, se caerán de las parrillas (y se morirán de hambre); los segundos, porque incumplirán la regla del juego que consiste en representar la voluntad popular y serán llamados Tamayos (e irán al caldero).