EN LA ESCUELA aprendemos a ser optimistas y meritócratas. Que el mundo camina sobre una senda de progreso perpetuo a pesar de catástrofes históricas y retrocesos colectivos, que a la larga triunfa el bien y que los malos nunca ganan, como en las películas de antes. Los jóvenes deben esforzarse para dar lo mejor de sí mismos, y la sociedad seleccionará a los mejores para la distribución de las posiciones más adecuadas. Se supone que la selección humana no será la brutal evolución de las especies descrita por Darwin, el triunfo de los más crueles, los más depredadores, taimados e implacables. El neodarwinismo social condujo a las mayores atrocidades objetivas del siglo XX, el marxismo y el fascismo, y sólo la fuerza organizada de las sociedades idealistas, de las democracias con principios y valores, evitó el naufragio final. La cooperación con los otros frente a la manipulación y la explotación, el imperio de la ley contra los ingenieros sociales del poder, el principio de la imposición con representación frente al absolutismo de la fuerza heredada, la competencia con normas y valores constitucionales frente a la corrupción y el abuso de los monopolios públicos; todo eso es nuestro capital social, la riqueza civil, lo que impide el retorno al estado de naturaleza donde funciona la selección de los peores, los corruptos, los cínicos, los mentirosos y los maquiavelos de palleiro. La trama inmobiliaria y política madrileña es una manifestación ejemplarizante de la pervivencia entre nosotros de mecanismos que sitúan en las instituciones públicas a muchos enemigos del pueblo. Y los datos de la irrefrenable decadencia de los gallegos, como especie que ya no lucha por la vida, que no aspira al futuro, sin voluntad de transcendencia, revelan la reacción aparentemente pícara, pero en realidad resignada e impotente, de la ciudadanía ante un entramado institucional que propicia la selección negativa. No nos engañemos ni engañemos a los pocos niños que quedan en las escuelas. El sistema legal de selección de líderes y representantes, así como las leyes de funcionamiento y gestión del poder público, no funciona. Vivimos una apariencia de democracia restringida ante un pueblo desilusionado y que responde defensivamente. No quiere traer niños a este mundo porque casi todo tiene trampa y es muy difícil convivir con reglas amañadas. Cargarse de hijos es una condena a la vulnerabilidad social. La única libertad real de la gente es la de evitar los hijos, las cargas familiares. Paradójica versión popular de la libertad negativa de Isaiah Berlín. Hemos elegido la esterilidad, votamos a gente corrupta para que no salgan otros todavía más corruptos o más locos y nos deslizamos hacia la nada. O cambiamos las reglas del orden político, social y moral o desapareceremos. Necesitamos un nuevo regeneracionismo, una verdadera Transición hacia una democracia real y con ilusión de futuro.