CARLOS G. REIGOSA
20 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.LLEVAMOS años criticando el pensamiento único, concebido como esa especie de visión monolítica que nos imponen los grandes beneficiarios de la globalización. Brillantes analistas han logrado incluso trazar su perfil de extraño sacamantecas que protagoniza la explotación implacable de los más pobres. Pero nadie ha podido convencernos de que se trate de un pensamiento y no de lo contrario: de una carencia total de pensamiento. La discusión sigue, y hay cera para rato. Pero quizá debiéramos volver al principio, cuando, tras la caída del muro de Berlín, nos pareció tan claro que emergía y se imponía un pensamiento único. Era una deducción sencilla, pero ¿fue una deducción correcta? No todo lo que se piensa es pensamiento. Tiene que haber un conjunto de ideas en juego para que podamos hablar de algo tan elevado. Y, a la vista de los debates que pueden verse en nuestras televisiones, estamos muy lejos de ese territorio de las ideas, salvo que ahora habiten sólo de cintura para abajo. La realidad es que nos enfrentamos a un caudaloso vacío que llamamos pensamiento único. Y lo formulamos con rigor para poder denostarlo. Y al hacerlo, pensamos. Para esto sirve ese agujero.