EMPEZAMOS a entender ahora que en los genes de una especie -vegetal como el trigo, animal como la humana- se almacenan las lecciones de supervivencia aprendidas durante millones de años de evolución biológica. Metafóricamente podríamos decir que se encapsula ahí en forma altamente comprimida la experiencia del pasado. El genoma humano contendría genes derivados de antiguas infecciones, y así se produciría una contribución de virus (y de otros agentes infecciosos) a la evolución de los organismos; en esa lenta dialéctica genes vitales -como ciertas secuencias de nucleótidos- presentarían una, aún misteriosa, similitud con genomas de virus. Pero, a día de hoy, poco más hacemos que enumerar (secuenciar) componentes de esa cadena que nos parecen potencialmente interpretables, o detectar otros que aparentemente cumplen sólo una función de relleno . Estas últimas, quizás inútiles -y por ello llamadas basura- dejarían de momento sin función reconocible alguna a más del noventa por ciento del ADN acumulado en los últimos sesenta millones de años. En este entorno de (des)conocimiento, el uso masivo de agentes químicos, como los antibióticos en los humanos (y animales), o los pesticidas en los vegetales (afectando luego al resto de seres vivos), debe calificarse, como poco, de irrupción repentina en un lento proceso adaptativo; irrupción que podría suponer un alto riesgo e incertidumbre. Sobre todo porque incide en una estructura de la que ignoramos a día de hoy casi todo. Para el caso de las bacterias, el empleo generalizado de antibióticos, en humanos directamente o en el engorde de animales, podría favorecer la supervivencia de cepas resistentes con riesgos potencialmente críticos en el futuro. Es así como combatiendo una amenaza de forma masiva, estaríamos sentando las bases de otra (haciendo sobrevivir opciones llamadas a desaparecer) que nos podría situar frente a un nuevo riesgo absolutamente ajeno a nuestras lecciones de supervivencia acumuladas en el pasado. Para el combate contra plagas agrícolas y la erradicación de malas hierbas, ya hace más de cuarenta años Rachel Carson, en su Primavera silenciosa , anotaba la ingenuidad de los químicos inventando insecticidas o la miopía del especialista y la del hombre con intereses en el asunto... y dejó entonces sobradamente argumentado que herbicidas y plaguicidas (DDT, lindane, nitrofenoles, cloro, benzeno perclórico...) eran siempre una solución mucho peor que la utilización de medios de lucha biológica. También en este caso erradicar especies de manera repentina y masiva produciría desequilibrios a mayor escala que nos situarían en una espiral de final desconocido. El recién estrenado siglo XXI podría suponer la generalización de un nuevo frente de ruptura en nuestro lento almacenaje de lecciones en supervivencia durante millones de años: se trata ahora del uso masivo de las variedades de semillas y alimentos modificados genéticamente (arroz, soja, maíz, etcétera). Cultivos que en nuestro país ya se permiten al menos para alimentar la ganadería y en los que incluso, en ciertos casos, se introducen bacterias para evitar plagas de insectos; bacterias que podrían saltar a células humanas y a cultivos tradicionales. Daríamos así un nuevo salto -y cualitativo- en el deterioro o ruptura genética causados por agentes fabricados por el hombre, pues nuestros ataques o modificaciones estarían debilitando las defensas inherentes al propio medio. De nuevo lo que hoy se nos pide aceptar -en un acto de fe, puesto que no hay datos seguros de estudios experimentales- como inofensivo, podría convertirse mañana en extremadamente peligroso, inseguro e inaccesible. Conseguir descendientes viables (vegetales) adaptados al presente (aquí y ahora) podría hacerlos extremadamente vulnerables en el futuro, a la par que presionaría en la desaparición de la actual diversidad cultural alimentaria. Aunque, si se (in)vierte dinero a chorros para financiar estas investigaciones, ¿podemos esperar que algunas universidades y departamentos muerdan la mano que les da, materialmente, de comer? Con esto y las supuestas ventajas comerciales, el pretendido control de la naturaleza (arroz milagroso o cereales con genes de anticuerpos) que nos están vendiendo no pasaría de ser una mentira interesada, concebida con la «arrogancia de la edad Neardenthal de la biología».