¿De verdad molesta la televisión?

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

PARECEMOS algo nerviosos con las cosas de la televisión, como si fuera nuestro el caso de los padres mal hablados y engañosos que se soliviantan ante la primera palabra soez que oyen a sus hijos y se sulfuran al oírlos jurar que ellos no hablan así. Es difícil meter en vereda a los hijos cuando llevan arrasada la mitad del jardín. ¿Qué hacer con una televisión que nos obliga a insistir en que sólo vemos las películas, los informativos y los documentales, cuando lo cierto es que lo vemos todo, lo consumimos todo, lo devoramos todo? Pero nos irrita nuestra incapacidad de dar la espalda a lo que ponen ante nuestros ojos. Si fuéramos de otro modo también sería otra la oferta de la pequeña pantalla, en la que lo que no es consumido y devorado desaparece con rapidez inaudita. Si el hombre es lo que come, nosotros somos televisión hasta las cachas. La televisión es un medio de expresión y un autorretrato de masas al que debemos un conocimiento de lo que somos que sería muy difícil de obtener por otras vías. Caben algunas matizaciones, aunque de escaso consuelo. Podríamos argüir, por ejemplo, que se trata de un autorretrato pasivo, pero eso no adquiere relevancia alguna ni el menor rango de justificación y excusa desde el momento en que hablamos de un autorretrato propuesto y aceptado, al que dedicamos más de un veinte por ciento de nuestra vigilia, incluso robando no pocas horas al sueño, cosa que sólo es posible en un país de horarios y costumbres tan malsanas como los de este país que somos. Que el autoconocimiento que la televisión nos proporciona, junto con la infrahumana autoestima que nos brinda, redunden en sensaciones incómodas y embarazosas es otra cuestión. Pero ni la incomodidad ni el embarazo son lo que parecen ser cuando su círculo vicioso queda a cargo de los otros, unos otros con rostro, nombre y apellidos. El espectador de la televisión es espontáneo: la ve por su voluntad y sin deber a nadie el impulso que lo empotra en el sofá. Es sincero: no ve una cosa fingiendo que ve otra (a menos que sea lector de Gustavo Bueno). Y es anónimo: no hay manera de distinguir si lo que vio anoche el vecino fue a María Cloaca loando el moñajo de su hija Porcachona o La Pasión de Dreyer (o, quizá, sí). Ese anonimato garantiza la pasión avizora del mirón, inhibe los repeluznos que podrían agitar los rincones de su alma donde aún no alcance el estiércol, y proporciona la mejor coartada para una televisión tan gamberra y delincuente como la nuestra. Es gamberra porque se mofa de su responsabilidad moral y, a partir de ahí, hace del aprendiz de reportero un pringado y del aprendiz de comunicador, un payaso. Un transformismo puesto al amparo del estandarte de la libertad de expresión convertido en bandera corsaria. Y es delincuente porque el argumento de esa farsa no se sustancia tanto en la programación de contenidos, como en la de espacios publicitarios cuya distribución y tiempo infringen todas las leyes por las que clama Bruselas. Ese modo de ser es una manera de llenar las arcas, incluidas las del Estado y sin perder de vista las deudas de todos. ¿Hay manera de creer en la limpia voluntad y la recta intención de cualquiera de los implicados?