Ingratitud demográfica

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

UNA VEZ más, como hace ya dos décadas viene ocurriendo, las estadísticas oficiales encienden en Galicia la alarma demográfica. Me parece recordar que fue en 1986 cuando por primera vez yo mismo pulsé su primera activación mediática. La cuestión demográfica empezó siendo una preocupación y hoy es ya una constante de la realidad regional. Su explicación es compleja, por el número de variables, pero sencilla por lo simple de su lógica. Desde hace años la natalidad, la fecundidad y la nupcialidad son bajas en Galicia porque la base demográfica estaba muy envejecida. Éste es el problema real. Tenemos una población muy vieja, consecuencia de tantos años de emigración. Con esa base demográfica es imposible pensar en una renovación generacional. Siempre habrá más defunciones que nacimientos, porque la población en edad de procrear es siempre mucho más reducida que la población vieja. La única solución teórica sería equilibrar la ecuación con aportaciones de población nueva, de inmigrantes. Pero los que aquí vuelven, o son emigrantes retornados tras la jubilación los que escapan de la mala situación de los países sudamericanos; ambos pertenecen en su mayoría a segmentos mayores y maduros. En consecuencia, éste no es el remedio. Más aún, muchos jóvenes se escapan del campo y de la pesca hacia otras regiones, o de nuestras ciudades a otras mayores donde encuentran ofertas más cualificadas, lo cual acentúa la patología. Y un país envejecido es un país poco innovador, poco arriesgado, conservador, pero sobre todo es un país muy caro, que precisa de un gasto social que termina siendo insostenible. Lo que no siempre pensamos es que la pérdida de población rural contribuye a aumentar la tasa de urbanización en términos relativos, al igual que contribuye a incrementar la renta por persona y la estructura sectorial de la población activa. Son efectos estadísticos. Pero de un modo u otro contribuye a superar el atraso en la transición de una sociedad rural a una sociedad urbana. También en esto, las consecuencias son muchas. Desde el paso a una sociedad más plural, más moderna, hasta el desajuste existente entre el modelo de infraestructuras y el de inversiones públicas con el modelo poblacional. Un desajuste que vuelve a incrementar los costes regionales. Nada de esto es nuevo, la novedad reside en que este cuadro está quedándose circunscrito al cuadrante noroccidental de España, mientras en otras regiones los nacimientos aumentan. ¿Cuál es la razón? Que los nuevos nacidos son cada vez más hijos de inmigrantes latinoamericanos, norteafricanos o europeos que hijos de españolas. Son esos emigrantes que tanto aportan desde el punto de vista demográfico los que a su vez son objeto de injusticias, de marginación e incluso de xenofobia a pesar de que gracias a ellos España crece. Es en cierto modo una ingratitud demográfica. Pero estos inmigrantes no vienen hacia Galicia, buscan las grandes metrópolis -Madrid, Barcelona- o las regiones turísticas y las de agricultura intensiva especializada que demandan mano de obra barata. Son también las regiones del sol que, a lo mejor, también tiene algo que ver.