DEDIQUÉMOSLE un minuto a la basura. Yola Berrocal, en lo más representativo de la telebasura de este país, se ha alzado con el título de querida y considerada entre la manada de personajes populares y sin oficio reconocido. Y más basura. La constitución de los ayuntamientos nos ha dejado muestras evidentes de que la política, en muchos casos, se mueve también en estos albañales. Al margen de la telenovela de la Asamblea de Madrid, que cuenta con una extraordinaria carga de inmundicia, varios ayuntamientos gallegos han puesto de manifiesto que la basura no está sólo en la televisión, para preocupación del presidente Aznar. Está en todos los ámbitos de la sociedad. De forma especial en la política. Y así nos encontramos con grupos de amigos que van a gobernar con dos sobre los 17 concejales de una corporación. Pactos de enemigos irreconciliables. Rebeliones sorpresivas. Ayudas insospechadas. Y ofertas de trabajo y dinero para alianzas tan urgentes como provechosas. Nada más constituirse las nuevas corporaciones adivinamos ya que al menos diez ayuntamientos gallegos están condenados a vivir mociones de censura en los próximos meses. Para intentar devolver «la voluntad popular», nos dicen convencidos. Pero la realidad es otra. El clima político se presenta enormemente crispado. Las instituciones padecen una falta de credibilidad. Y quienes accedieron a ellas ponen de relieve que sus intereses no son coincidentes con los de la ciudadanía. Decía A. Graf que la política es demasiado frecuentemente el arte de traicionar los intereses reales y legítimos y crearse otros imaginarios e injustos. Y esa es la sensación que tiene el ciudadano ante el espectáculo de cochambre y despojos que ha de padecer. Y ahí siguen. Hablándonos de justicia, de honestidad y de derechos. Sin siquiera sonrojarse.