Alcalde del pueblo

OPINIÓN

SE HAN constituido los ayuntamientos, y habrá nuevos concejales; gentes que inician la vida pública, sin darse cuenta de cómo les puede cambiar su vida privada. No teman, esta vez no me voy a referir al País Vasco, donde toma posesión el edil acompañado de sus escoltas. Piensen en cualquier pueblo de España, cierren los ojos para dar rienda suelta a la imaginación. Ser alcalde de un pequeño municipio, de donde uno ha nacido y ha ido a la escuela, donde están enterrados los padres, o donde transcurrió, entre fiestas y romerías, la mocedad, es algo emocionante. Y ahora, tras la campaña, llega la hora de tomar la vara simbólica del poder para hacer lo que los vecinos esperan en beneficio de esa colectividad que son el paisaje y el paisanaje de lo nuestro. Me imagino los comentarios de los concejales novatos, esos que aún no saben las razones por las que están en el salón de plenos del ayuntamiento. Se preguntarán a ellos mismos, por una ranura de su alma, si puede pasarles lo de «la pareja de Madrid» que tiene a toda España sumida en comentarios de indignación, que, dicho sea de paso, no hacen más que echar barro sobre la política y los políticos. En este país nuestro, hay democracia a pesar de los partidos, a pesar de los mandarines del poder fáctico, a pesar de cómo se estimula aquello de que cada hombre tiene un precio. No será la última vez que alguien se la juega a las buenas gentes, que se deja llevar por unos intereses de los que pueden cambiar la vida a base de atender al poderoso caballero don dinero. Nos gustaría que este 14 de junio fuera el comienzo de la vida pública de otra generación de servidores municipales, incorruptos, respetuosos con la palabra dada, leales a la circunscripción electoral por la que se presentaron, accesibles al ciudadano, no sólo al fiel militante; incluso con imaginación y sensibilidad para distinguir las voces de los ecos. Las buenas gentes, que no debemos confundir con los que nos han votado o los que siempre ganan las elecciones al saber colocarse, como el girasol, del lado del poder, se sienten huérfanos de políticos honestos, de esos a los que cuando se les estrecha la mano sube por el brazo un calambre de lealtad paisana, de honor a la vieja usanza, que se convierte de inmediato en complicidad concejal-pueblo. Sólo si hemos comenzado el Renacimiento encontraremos a Pericles, o a un hombre sabio que se aproxime a la inmortal Atenas.