El espejo madrileño

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

SIN PRETENDERLO, Madrid vuelve a convertirse en el centro y escaparate de España. Es maravillosa, inagotable fuente de enseñanzas, el espacio más transparente del reino, la verdadera capital. Un afortunado error de cálculo del aparato de uno de los partidos contendientes se ha convertido en la gran lección política de estas elecciones. Buscad el urbanismo, poned la lupa en la política del suelo, indagad la arbitrariedad de las licencias, desentrañad las madejas societarias. Ahí esta la verdad, lo demás son tracas de feria, alharacas rituales para blanquear los chapapotes institucionales. El verdadero pecio pendiente de nuestra vida social no es el Prestige , sino la corrupción. Su epicentro está en el urbanismo, no hundido a miles de metros de profundidad, sino frente a nuestras propias narices. Y muchos votantes se autoengañan y legitiman a los corruptos. Es su mal menor, piensan, aunque no lo dicen ni en las encuestas. Los políticos conocen las debilidades de los votantes. No tienen mucho donde elegir, dos, tres, a veces cuatro candidaturas viables. Muy pocas comparadas con las habituales libertades de opción en los mercados de productos. El electoral es un mercado oligopolístico donde rige el despotismo de las oligarquías. Muy pocos lo deciden todo. Lo contó muy bien el clásico Michels sobre la experiencia de la socialdemocracia alemana. En el PP Aznar y su cúpula, en el PSOE Zapatero, Blanco y sus barones autonómicos, en el BNG el cumio de la UPG y pocos más, y así sucesivamente. A veces se pelean internamente y si no hay hegemonías claras, es cuando sale todo el vertido a flote. En Madrid, Simancas ha demostrado ser un pardillo, como Zapatero, y Blanco un aprendiz de brujo. Evidenciaron que no dominan el manual Cencelli, ese libro invisible que mide las cuotas de poder exactas que tiene cada diputado, concejal, notable, corriente organizada y coaligado, en cada circunstancia concreta. Que siempre es variable y cambiante. En una situación como la madrileña, de potenciales mayorías absolutas mínimas, todos los diputados son equivalentes de presidentes. El voto de cada uno es imprescindible, todos tienen la llave de la mayoría, por presencia y ausencia, en el gobierno y la oposición. Se requiere hilar fino y no usar el órdago expreso. La situación es de envido permanente. Y lo es porque el transfondo legal es arbitrario, los políticos tienen mucho poder porque disponen de gran discrecionalidad, en tanto que el ciudadano, sea constructor o no sea, vive en una gran inseguridad legal. Si las reglas urbanísticas fueran ciertas, inamovibles, claras e iguales para todos, nadie podría lucrarse con las discriminaciones, las recalificaciones y la desigual administración de las licencias. Las energías públicas podrían dedicarse a facilitar el trabajo de los ciudadanos que las pagan con sus impuestos. Por eso lo fundamental, tanto en Madrid como en nuestros ayuntamientos, es la regeneración de las leyes urbanísticas y de las prácticas de gestión del suelo y el territorio. Si continúa el juego especulativo, poco puede importar la camiseta de los jugadores. Es la lección que podemos extraer del espejo madrileño.