SOBRE LO EVIDENTE es absurdo debatir: es evidente que Tamayo y Sáez son dos auténticos canallas; lo es que han llevado al PSOE a su peor crisis desde que se conocieran las aventuras delictivas de Roldán; y lo es, en fin, que el daño irrogado a las instituciones democráticas será devastador. Pero en medio de tales evidencias, quedan aún por aclarar en este escándalo dos gravísimas cuestiones: cui prodest (a quién beneficia) y qui custodit (quién vigila). La primera es esencial, porque la traición de los dos diputados socialistas tiene un clarísimo objetivo: evitar que el PSOE llegue a gobernar, dado que sólo coaligado con IU puede Simancas ganar la presidencia. Ello beneficia objetivamente al Partido Popular, pues de no gobernar la coalición es aquél quien ha de hacerlo. ¿Quiere esto decir que el PP está implicado en la conjura? No necesariamente. Quiere decir que hay sectores poderosos (ligados al billonario negocio inmobiliario) que preferirían un gobierno del PP, lo que no significa que aquél estuviera al tanto de un golpe destinado a subvertir el resultado electoral. Por eso hay que investigar la conjura hasta el final: para depurar todas las responsabilidades penales y políticas. Sólo así podrá el PP levantar la sospecha derivada de una constatación aterradora para nuestra democracia: la de que sea cual sea la salida de la crisis, resultarán beneficiados quienes habían perdido el día 25 y perjudicados quienes habían obtenido juntos la victoria. La segunda pregunta, qui custodit, nos pone de lleno ante las responsabilidades del PSOE. Porque el PP puede haber hecho de todo (ya se verá) salvo una cosa: las listas socialistas. Esas listas las ha hecho, solito, el Partido Socialista, que ha colocado en ellas, según reconocía un ex-alto cargo socialista, a «individuos a los que ninguno de nosotros prestaría la cartera durante cinco minutos». No vale ahora, por tanto, la disculpa de que es imposible controlar a los miles de personas que forman parte de las listas: los traidores eran bien conocidos como unos auténticos mafiosos y, pese a ello, fueron incluidos en puestos de salida en las listas ¡de Madrid! Se equivocaría, por eso, de plano Zapatero, si hiciera la vista gorda frente a las apabullantes evidencias que se han ido apiñando en contra de su secretario de Organización, el gallego José Blanco, al parecer amigo y protector de los fugados. Sí, haría mal en repetir aquella tristemente célebre frase de González, cuando se acumulaban, día tras día, las pruebas contra Guerra: «Dos por uno». Porque, como todo el mundo sabe y la historia demostró cumplidamente en aquel caso, dos por uno es dos.