COMO CADA 16 de junio desde 1922, año de la primera publicación del Ulises joyceano, muchos admiradores del genial autor irlandés, o simples coleccionistas de iconos, recordarán mañana la jornada de Leopold Bloom vagando por Dublín e intentando sobrevivir a la odisea de su identidad. Identidad construida con su propio pensamiento navegando en el fluido del lenguaje. Un lenguaje que constituye parte fundamental de la aventura humana en su regreso a una Itaca imposible: la del Amor que no ha tomado aún conciencia de sí. Traducido parcialmente al gallego por Otero Pedrayo en el número 32 de Nós , la infeliz peripecia inicial del Ulises , abrasado repetidamente por la feroz inquisición del puritanismo anglosajón, llamó la atención de otro autor genial, aunque políticamente lamentable, como fuera Vicente Risco. Pero ya no da éste paseos por Compostela conversando con Stephen Dedalus. Sus caminos se bifurcan: frente a la teoría del nacionalismo de Risco, de ribetes parafascistas, Joyce adopta el inglés, abandonando el gaélico irlandés de los documentos y los apoyos oficiales y se desentiende de los planteamientos nacionalistas en búsqueda de otros universos. Elige su ombligo -todas las civilizaciones lo tienen- en el helenismo universalista y cosmopolita, que en forma de torre circular se ha convertido en vivienda provisional del joven Stephen, trasunto de su propia personalidad. Dublín no es sólo una ciudad, sino también un estado de conciencia, puesto que la realidad es mental. Mas el corazón de Leopold Bloom siente la nostalgia de lo femenino, se recrea con la visión de Nausicaa al borde de la playa, pero sabe bien que no es la fiel Penélope sino la más real Molly quien permanece en casa para recibirlo al regreso de su odisea cotidiana.