¿POR QUÉ es más ético que Odón Elorza, aspirante socialista a repetir como alcalde en San Sebastián, rompa el pacto constitucional, y diga que no quiere ni necesita los votos del PP, que Manuel Tamayo, de la misma sigla, se oponga a gobernar con Izquierda Unida la Comunidad de Madrid? ¿Por qué es más políticamente correcto que Rojo (PSE), aspirante a presidir la Diputación de Álava, se niegue a votar al Partido Popular, siendo la fuerza con más votos entre las constitucionales, hasta que Zapatero le da el toque de gracia y le hace un converso? Tamayo y su compañera de viaje han cometido un error imperdonable. Más allá de defender una opción determinada, han restado poder a su partido. Y es que los políticos tienen su propias reglas de juego, que no encajan con las de la sociedad. Son como caracoles que caminan protegidos en su concha, en su mundo oscuro, caminando con la lentitud propia de la especie hacia la democratización interna que nunca alcanzan. Yo no sé si Tamayo y Sáez son unos corruptos. Pero no creo que tampoco lo sepan la mayor parte de los que han lanzado las campanas al vuelo hablando de su condición de vendidos. Normal: entran en ese juego ya tan aceptado por todos de que tampoco a los políticos se les puede atribuir presunción de inocencia. ¡Han hecho tantas, como colectivo! Parecen muchachitos de la Operación Triunfo , autoconvencidos de que el éxito en la vida se consigue en un par de meses, y tienen prisa porque pase ese tiempo. Luego viene Fraga y donde había tachado de «sindicato de cabreados» a los independientes escindidos del PPdeG, por el que llama principio de arrepentimiento pase a considerarles «hermanos separados». Unos y otros nos hacen temer como a los tres paisanos del chiste de Castelao que decían entre sí: «Os enemigos chegan a parecerse», asegura uno, para añadir otro consoladoramente, con el consuelo que nos queda: «¡Pois logo estamos perdidos!». Y es que ponemos a dar calor a la oveja al mismísimo esquilador, y así nos va.