Los cambios en el país de las rías

| ANXO LUGILDE |

OPINIÓN

HACE poco más de dos décadas la Unión de Centro Democrático (UCD) se desmoronó en uno de los más sonados fracasos de un partido gobernante que se recuerdan en el mundo occidental. La hecatombe produjo la primera hipermayoría absoluta para el PSOE de Felipe González. Ya sin Adolfo Suárez, UCD pasó de los 168 diputados de 1979 a 11 en 1982 y su porcentaje de votos se dividió por cinco. En Galicia, pese a enfrentarse a la competencia directa en el campo de la derecha de la Alianza Popular de Fraga, UCD resistió muy dignamente en el 82. Tanto que obtuvo su mejor resultado de España, con un 17,71% de los votos, tres veces por encima de la media española y claramente por delante del de Canarias, donde logró el 16,42%. De los once diputados de UCD en 1982 en Madrid, cinco eran gallegos. Los restos del centrismo canario cristalizaron, tras diversos avatares, en Coalición Canaria, el partido regionalista que afianzó el 25 de mayo el poder en la comunidad autónoma. Sus homólogos gallegos, Coalición Galega, murieron de éxito a mediados de los 80 y su espacio electoral lo ocupó definitivamente el PP tras la llegada de Fraga en 1989. El ejemplo de UCD sirve para comprobar la lentitud con la que se producen las transformaciones políticas en Galicia. Esa parsimonia genera a menudo la imagen de que nada se mueve, aunque haya una transición en marcha. Quizá lo más parecido a los graduales cambios políticos gallegos sea la suave y armónica transición entre los paisajes de la montaña y el mar que alcanza en las rías gallegas niveles de belleza paradisíaca, capaz de sobrevivir a décadas de continuado esfuerzo destructivo a golpe de cemento. Tal vez ahora nos hallemos en una etapa similar a esos descensos de las carreteras que cruzan las montañas llenas de eucaliptales camino de un mar que empieza a olerse a distancia mientras se difuminan las fragancias del monte. «O PP non vai gobernar sempre en Galicia. E claro que agora estarían en condicións se fosen intelixentes de artellar unha alternativa PSOE e BNG, que por primeira vez nos superaron en votos». Estas frases, pronunciadas esta semana por un político del PP, muestran que ese inmovilismo gallego que tanto gusta ver desde Madrid no existe. Vivimos tiempos de cambio y no sólo por el contradictorio resultado electoral de las municipales, ni el Prestige o los nuevos compromisos de Fraga de retirarse al fin de la legislatura. Escalonadamente, la boina de Cuíña ha cedido el control del PP gallego a los urbanitas de Rajoy. El PSOE de Touriño se aproxima, no sin sobresaltos, a recuperar su condición de cabeza de la alternativa progresista al PP, mientras intenta incorporar al díscolo Francisco Vázquez a su proyecto. Y en el BNG suenan los tambores de la batalla final, la del mes de noviembre, si es que la UPG no consigue que Beiras se rinda antes. Pero para descifrar la política gallega hay que entender cómo es el país de las rías.