Tamayo y Sáez

| PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS |

OPINIÓN

11 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LO DE LA Asamblea de Madrid genera una rumorología de lo más variada. Se apuntan cifras millonarias de la operación, ya sean de «primas por perder», de garantía de un urbanismo rentable , de mantenimiento de subvenciones a los colegios privados concertados, o simplemente del suculento bote de 125 millones de pesetas por incorporación al Grupo mixto. El más perjudicado es el proyecto Zapatero, el propio PSOE y su singular secretario de Organización. Pero hay daños colaterales. Si llegase a comprobarse la tolerancia o complacencia del PP con alguna de aquellas motivaciones, tampoco esta formación estaría libre de causa. Y, de otro lado, el ya ajado crédito de los partidos queda ahora en cuestión. Al parecer, la Federación Socialista Madrileña alberga, al lado de políticos honestos, elementos tornadizos y levantiscos que han estado en todas las luchas por el poder dentro del partido, sin otro norte que la mezcla interesada de los negocios y la política. Nada de diferencias ideológicas. Y así casi diez años, en medio de denuncias de que alguien aglutinaba como corriente de opinión a los administradores de un grupo empresarial. Al invento se le llamó Renovadores por la Base . Una   corriente interna que, a lo que se ve, merecería la denominación de la más famosa del género, la corriente del golfo . Con ello no quiero apuntar a nadie, ni siquiera al desertor diputado Tamayo, que dice no estar movido ni por la venganza, ni por el dinero, ni por la traición ni por transfuguista veleidad alguna. Quizá sea hora de repensar nuestro sistema representativo actual, del escaño propiedad del diputado elegido en listas cerradas y bloqueadas, de la impotencia del elector ante esa turbia vida interna de los partidos, al parecer incontrolable. ¿Por qué no listas abiertas? ¿Por qué no lo debatimos, francamente?