El negocio del rearme

OPINIÓN

08 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LA INDUSTRIA militar-armamentista debe de estar frotándose las manos ante un futuro económico tan prometedor como el que se anuncia, después de que el presidente Bush haya derribado unas cuantas barreras de contención en el rearme mundial. La doctrina de Donald Rumsfeld, jefe del Pentágono, se va imponiendo: no aceptar ningún acuerdo que debilite la defensa nacional, y en este capítulo no figura el rearme del adversario sino la falta de un adecuado rearme por parte de los Estados Unidos, que para eso es la única superpotencia del mundo (así reconocida públicamente incluso por el díscolo canciller Schröder en un intento de restañar las heridas dejadas por la guerra de Irak). Rusia, Japón, China, Irán, Corea del Norte o la propia Unión Europea han manifestado ya su intención de incrementar los gastos de defensa, para estar a la altura de los nuevos tiempos que predican los neoconservadores de la Casa Blanca. El pasado año, EE.UU. dedicó el 3,2% de su PIB a gastos militares, mientras que los países europeos de la OTAN se quedaron en el 2%. Dentro de la Unión Europea, España figura en el furgón de cola con un 1,2%, muy por debajo de Turquía (5%), Grecia (4,4), Francia (2,5) o Reino Unido (2,4). Pero todos, Alemania y España incluidas, hablan ya de la necesidad de mejorar estas posiciones de acuerdo con el signo de los tiempos. Lo verdaderamente dramático de la situación es que todo ese gasto no tiene ninguna relación directa con el objetivo que se pretende. Porque nadie prevé guerras convencionales entre naciones, ni siquiera entre civilizaciones, sino sólo una lucha eficaz contra el terrorismo en todas sus formas nacionales e internacionales. Y aquí radica el quid de la cuestión, porque el aumento de gastos militares puede ser inútil para combatir el terrorismo, si no se plantea en los términos adecuados. Donald Rumsfeld lo sabe, y por eso quiere reordenar su sistema de defensa, pero los demás países parecen avanzar a ciegas, dispuestos a comprar lo último, lo más moderno, para figurar en los mejores (y más inútiles) clubes. Y éste es el peor camino: el del despilfarro.