AL DÍA
08 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.ACUSADO de colaboracionista, de entregar a Israel la causa palestina sin ninguna contraprestación decorosa, las organizaciones de la resistencia han dejado a Abu Mazen en la estacada. Desde Hamás a todos los demás grupos que han llevado el peso de los 32 meses de Intifada, imputan traición al sustituto de Arafat como interlocutor en este nuevo proceso de paz, apenas comenzado. Las palabras son muy importantes. Llamar «terroristas» a los resistentes es -le dicen- la gran traición. De eso le acusaron y por eso condenaron al mariscal Petain: por colaborar con los ocupantes nazis de Francia y asumir que eran terroristas los combatientes de la Resistencia. Llegados al punto en que no se sabe si el terrorismo es antes un qué o un cómo, resulta hasta cierto punto lógico que Abu Mazen se haya quedado más sólo que la una, de un pasmo que se dice, no sabiendo si mirar hacia Arafat, o hacia La Meca, para que le echen una mano. Las palabras son más peligrosas que las bombas, pues son las ideas que anidan en ellas lo que mueve las bombas y las pistolas. Que se lo pregunten también a Ariel Sharon, al que asimismo llaman traidor los colonos y la extrema derecha judía, por haberse comprometido en la Hoja de Ruta; de esa cantera de intransigencia contra la paz negociada salió el asesino que se llevó por delante a Isaac Rabín, por haber firmado los Acuerdos de Oslo, catapultados desde la Conferencia de Madrid en l991. La simetría de las intransigencias describe de modo insuperable la extrema dificultad a que se enfrenta el camino descrito en la Hoja de Ruta. Desde la Resistencia opera la idea de recuperación de la tierra de que fueron desposeídos los palestinos. Y desde el radicalismo judío pulsa, en órbita de colisión con lo primero, el sagrado mito de la Tierra Prometida. Unos están dispuestos a cambiar la azada por el fusil; los otros, el fusil por la azada. Y en medio queda la paz como tierra de nadie. ¿Hasta cuando?