EL BANCO Central Europeo ha relegado a segundo plano su principal objetivo de inflación controlada considerando que en la situación actual de la economía europea no se vislumbra un crecimiento preocupante de los precios. La firme directriz de estabilidad que impuso inicialmente Alemania al BCE, celosa de una moneda sólida y estable y el constante descenso de los tipos en EE. UU., hoy al 1,25%, ha permitido acudir en ayuda de la quebrantada economía comunitaria con un descenso de 50 puntos básicos en el precio del dinero, ahora fijado en el 2%, la tasa más baja de los últimos años. Concluimos el 2000 con un 4,75%, el 2001 con el 3,25%, el 2002 con el 2,75%, para caer en el 2% días pasados. Y esto no ha hecho más que empezar. El estancamiento económico en los principales países de la UEM y en especial Alemania ha conducido a esta medida de política monetaria insistentemente demandada por los medios gubernamentales alemanes, franceses e italianos, en busca de un relanzamiento que no puede llegar solamente de la mano de impulsos monetarios porque el deterioro es profundo, incluso con atisbos de crisis financiera a la japonesa. Un dólar debilitándose por causa principal del alarmante déficit yanqui facilita la paradójica fortaleza del euro y las exportaciones europeas se resienten. Es evidente que las medidas monetarias introducen un factor de euforia monetaria. No obstante el euro continuó al alza y la Bolsa se mantuvo por haber descontado el movimiento con anterioridad, según los analistas. En estas circunstancias la política económica debe contemplar más amplios escenarios, con una actuación presupuestaria y fiscal adecuada al ciclo recesivo, una reducción del déficit público con notables desequilibrios en Alemania y Francia, otrora paladines de la estabilidad presupuestaria y reformas estructurales profundas, incluso con sacrificios en el nivel de bienestar general que ya se anuncian. Para España esta reducción del precio del dinero no era necesaria. Se incrementará la demanda interna. Se facilita el endeudamento general sobre cuyas consecuencias futuras alerta el Banco de España. No favorece la reducción del diferencial de inflación, que sigue limitando nuestra competitividad exterior y perjudica el ahorro.