SOSTIENE Manolo Rivas que durante un programa televisivo en el que se entrevistaba a emigrantes retornados, al ser preguntado uno de los participantes, residente durante muchos años en América latina, por el sentido de eso que se ha dado en llamar galleguidad, respondió con rotundidad y contestó que gallego lo podía ser cualquiera. Y es bien cierto, ser gallego a veces es sólo una anécdota y no constituye categoría alguna, no es ni una clasificación en la escala zoomórfica. A veces pienso que sólo es un estado de ánimo, o de desánimo por esa vocación colectiva que dicen que tenemos de ponernos del lado de la melancolía. Hay ocasiones en que ser gallego , en Madrid pongo por caso, las veinticuatro horas del día resulta harto tedioso. Quienes te preguntan por Muxía o por Fisterra, esperando de ti un complicado análisis de los resultados electorales, y respondes desde la síntesis y hablas claro y con franqueza ideológica, notas que tu interlocutor sale un poco decepcionado pese a la contundencia de tu razonamiento. Lo que desconoce quien inquiere es que esa respuesta ya la has dado un par de cientos de veces a otras personas conocidas y amigas, que se adelantaron en la pregunta. Y piensas que las tribus del norte a las que perteneces son tan complicadas como primarias, y cuando desde la cordialidad de una postura solidaria te miran de reojo, y adjudican un no sé qué de enigmático que sospechan que va implícito en ese carácter taciturno del que hacemos gala los que nacimos más allá de Pedrafita. Y continúas por tertulias y cenáculos predicando que somos gentes poliédricas, abanderados de causas tan perdidas como nobles, que esa forma de ser no es en punto alguno casual, que cuando te interrogan si eres del Dépor o del Celta contestas que de los dos, aunque no seas aficionado al fútbol, y vas desmintiendo urbi et orbi que es del todo falsa la vieja teoría maledicente de saber subir o bajar por una escalera cuando llevas toda la vida instalado en la cultura mecánica del ascensor. Por eso cuesta trabajo contar las venturas y desventuras de un petrolero a la deriva al que se obstinaron en hundir en el océano. Es una metáfora de Galicia, otra balsa de piedra saramanguiana navegando sin rumbo. Y decir que nunca máis es sólo nunca máis , e interpretar la cábala mínima de por qué Lugo se convierte en el buque insignia del socialismo patrio, o que un ministro caminero reciba la medalla de oro, ex aequo, de la Xunta. Cosas veredes, amigo Sancho. Será que no nos contamos bien, que no hemos construido el discurso de lo que se espera de nosotros, hijos del ailalelo ideológico, asaeteados por la flecha cordial de la saudade, animales hídricos y climatologicamente inestables empeñados en mirar y ver el mundo a través de una cortina de lluvia. Yo, sin ir más lejos, me declaro anfibio y soy tanto de la mar como de la tierra, acaso viene de ahí mi dificultad para ser y para estar, de militar a tiempo completo como gallego en Madrid, de dejarme llevar por esa suerte de galbana que se acusa en estos días de vísperas cuando el verano ya comienza a proclamarse en los casi cuarenta grados de esta ciudad y uno echa de menos ser gallego a tiempo parcial, temporero y en Galicia para dejarse acunar por esa brisa que el Cantábrico pone a las tardes del estío anunciado: Estoy a punto de dimitir.