Pobres

| MONTSE CARNEIRO |

OPINIÓN

NOVENTA MIL familias vienen siendo 261.000 almas humanas, 261.000 gallegos (o acogidos) que viven «por debajo del umbral de la pobreza», el eufemismo de la desventura total. Yo no sé cómo puede ser esa soledad, Kapuscinski la cuenta bien. Habla de los africanos subsaharianos desposeídos de la lluvia y del amparo de la tribu. Millones de almas recorriendo su último viaje rumbo a ciudades en estado permanente de putrefacción. Llegan los que llegan y se sientan a esperar. No vagan, ni siquiera se mueven, hace mucho calor. Esperan (otro eufemismo de la nada) y esperando, inmóviles, les llega su hora. En Galicia no hay sequía, llueve, los proscritos se lo montan mejor. Pero nadie los ve: conclusión de la estadística presentada ayer. Galicia, mucho más que siete ciudades, sigue debatiéndose entre matar el hambre y llenar la casa con muebles de importación (aun en una misma familia). Y es demasiada ilusión. Luego los niños que todo lo tienen acaban deprimidos y, también aquí, a la espera.