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03 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.EL Everest es un diamante en bruto, de hielo y nieve. 8.848 metros, 8.850 metros, con la medición GPS, el Everest se llama en realidad diosa madre del mundo o la montaña que no sobrevuelan los pájaros. Se han cumplido 50 años desde que Hillary y Tenzing o Tenzing y Hillary desvirgaron la cumbre. Nunca se sabrá si Mallory e Irvine estuvieron treinta años antes arriba. Pero, como dice el neozelandés Sir Hillary, «nosotros fuimos los primeros en regresar vivos». El Everest no es lo que era. Ahora todas las primaveras cientos de alpinistas lo coronan. Oyarzabal, que ha subido los catorce ocho miles del Himalaya, le llama la Gran Vía del Nepal. La primera vez que lo escaló se encontró a 34 en la cima. Lo han subido ciegos, lo han bajado en snowboard. Pero no es un simple paseo (1.200 lo lograron, 175 han muerto). Una gallega, Chus Lago, lo consiguió a pulmón pelado. Una montaña es la metáfora perfecta de la vida. Una biografía es como esos catorce ocho miles del Himalaya. Sudas para los logros, disfrutas de las bajadas, vuelves a sudar por los problemas y vuelves a disfrutar por los buenos momentos, risas y lágrimas, cumbres y valles. Todos tenemos un Everest en la cabeza, ése es el secreto del mito de este colmillo blanco. cesar.casal@lavoz.es