TERMINÓ la discusión electoral, en la que todos dicen que han ganado y casi ninguno reconoce que perdió. El día 14 de junio tendrá nuevas corporaciones locales, y Galicia pondrá proa al verano, a las fiestas y romerías que se extienden por el viejo reino con siete sedes episcopales. Hay temor a que «lo del petrolero» nos afecte. Me atrevo a predecir que, para aquellas personas enamoradas de la oferta gallega, no habrá razones que les impidan disfrutar de nuestro paisaje, clima y gastronomía. Tampoco creo que el turismo de perfil cultural que se desplaza a Compostela y su entorno se quede en otro lugar por miedo al chapapote. Y, si los comentarios de unos y la propaganda política de otros logran disuadir al caminante de las vacaciones no mediterráneas, yo les sugiero que descubran algo que no es obvio. El norte de la provincia de Lugo dispone de más de noventa kilómetros de costa bañada por el Cantábrico, en estado puro, sin contaminación, con brumas, con increíbles islas como los Farallones o la Coelleira, con faros que van desde isla Pancha hasta la Estaca de Bares, pasando por San Ciprián y la Roncadoira. Con playas como Esteiro de Xove, A Caosa de San Ciprián, San Román en Vicedo, Area en Viveiro o Peizás en Foz. Para hacer un alto en Las Catedrales, cerca de Ribadeo, o perderse en Rueta de Cervo, donde transcurre el Xunco. Sin olvidar el casco más hermoso después de Santiago, que está bañado por el Landro, en ese Viveiro del puente de la Misericordia; pero también las catedrales de Mondoñedo y San Martiño. La romería de Naseiro cerca de los eucaliptos de Chavín, la de Sargadelos bajo el influjo del azul cobalto, la Maruxaina en San Ciprián y el aquelarre de la queimada de Cervo. Desde luego, en esta costa de playas ricas en caolín, que brillan por la mica del granito, ni nos afecta ni nos afectará la negra mancha. Las fiestas de San Juan en Burela son la despedida a las tripulaciones que hacen la costera del bonito, con la esperanza de buenas capturas. Mientras, el magnífico e infrautilizado puerto de Alcoa, cerca de la vieja factoría de ballenas de Morás, seguirá recibiendo el tonelaje marítimo de la industria en una comarca mestiza, en población y en dedicación. Alguien puede acusarme de nacionalismo mariñano . Lo acepto y lo recomiendo, quizás influido por aquella canción de Carlos Puebla que dice: «Aunque nuestro vino sepa agrio, es nuestro vino». Esta es la historia del mayor pelotazo y de la mayor desvergüenza, si la Comisión Nacional del Mercado de Valores y los accionistas minoritarios no lo evitan. Todo comenzó en el año 99 cuando alguien llamado Pep Vallés vendió por doce millones de euros un buscador llamado Olé, a Telefónica (todo un pelotazo). Y ahí se inició el embrión de Terra. Después, el señor Villalonga, puesto en su día por el señor Aznar como presidente de Telefónica, en una operación sin precedentes en el mercado, lanzó una OPV de Terra, concretamente el 17 de noviembre de 1999 al precio de salida de 11,81 euros, precio que quedó ridiculizado puesto que la subida meteórica le llevó en poco más de un año a 157 euros de máxima. Y claro está, en cada subida arrastraba a un número inmenso de pequeños accionistas (en la actualidad, medio millón), comprando a precios cada vez mayores. Pero esta bonita historia se torció; entonces empezó la bajada también meteórica, aunque la dirección de Terra, al ver que el barco se iba a pique, tuvo tiempo de abrir la caja fuerte y apoderarse de suculentos beneficios por la labor prestada. Villalonga se despidió de Terra con 24 millones de euros; Javier Revuelta (vicepresidente de Telefónica) con otros 24; Perea (vicepresidente de Terra) también, y así hasta completar una larga lista. Entre tanto, los pobres accionistas veían cómo lo que fue un sueño se convertía en una pesadilla, pero ellos no podían abandonar la nave porque les habían cerrado las escotillas. Los responsables de Economía daban su beneplácito. Y llegamos a donde estamos, con Terra a 5,25 euros. Rolando Selas . Merza-Vila de Cruces. Desde hace más de 14 años, cuando se construyó la nueva N-VI Madrid-A Coruña a su paso por Horta-Becerreá, mi casa viene sufriendo inundaciones cada vez que llueve, porque el Fomento destruyó y no repuso la cuneta que conducía el agua a lo largo de la carretera vieja. He formulado las reclamaciones pertinentes a través de todos los medios a mi alcance ante el Ministerio de Fomento en Madrid, Demarcación de Carreteras del Estado en Galicia en A Coruña y en Lugo. Como respuesta, ha ido empeorando cada vez más la situación. Hasta el punto que han canalizado las aguas de dos carreteras hacia mi casa desviando en varios ángulos la caída natural de las mismas, agrediendo los cimientos del edificio. Una obra simple no puede ser efectuada con tal despropósito a no ser que obedezca a intereses privados. Con el fin de favorecer a amistades de funcionarios de la Unidad de Lugo, no reconstruyen la cuneta para facilitarle un giro peligroso a menos de 50 metros de una curva sin visibilidad y raya continua. Facilitan con ello el allanamiento del área de servicios de mi vivienda (área de mi propiedad). ¿Hasta cuando Galicia tiene que soportar el caciquismo? Basilisa Álvarez Becerra . Barcelona.