EL QUE Zapatero hable de Galicia como prueba de su éxito indica hasta qué punto las cosas le han ido en España peor de lo esperado. Y es que, ya en frío, y una vez finalizado el escrutinio, Zapatero puede poner encima de la mesa lo que puede y nada más: un gran avance en las ciudades de Galicia, un éxito notable en Zaragoza, una victoria ajustadísima en la autonomía de Madrid y esa ventaja porcentual de medio punto sobre el PP en el cómputo global que le permite afirmar, sin que nadie pueda acusarle de mentir, que ha ganado el día 25. Ese balance no hubiera sido, de hecho, malo si los meses previos a las elecciones del domingo no hubieran estado marcados por la huelga general, la crisis del Prestige y la guerra contra Irak. Pero después de un proceso de movilización social contra el Gobierno sin precedentes en España, solo los ciegos no verán en el PSOE que lo conseguido el 25 se queda muy por debajo de las expectativas que podían albergar quienes estaban llamados a rentabilizar en votos contantes y sonantes el inmenso cabreo acumulado por millones de españoles. No ha sido así. Y ese frustrante resultado le plantea a Zapatero un problema que marcará sus posibilidades para las próximas elecciones generales: tras los comicios del domingo se acabó para él hacer política basando su discurso en la huelga general, la guerra y el Prestige. El haberse empeñado en meter todos esos temas en la campaña electoral los ha inutilizado: la huelga pasa a ser ya la prehistoria, las responsabilidades que restan del Prestigie habrán de sustanciarse en el ámbito gallego y la guerra contra Irak, cerrada tras la última resolución de la ONU, ya ha dado de sí electoralmente todo lo posible. Bien, ¿y ahora qué? Ahora qué, en efecto, porque Zapatero y el PSOE han galopado hasta la fecha sobre un caballo que sus adversarios se encargaban de azuzar: cuando un gobierno comete los errores que ha cometido el gobierno del PP desde el famoso decretazo y gestiona sus crisis con la chulería y la torpeza que Aznar ha convertido en marca de la casa, es humana la tentación de limitarse a empujar a quien está desequilibrado para que se pegue el batacazo. Zapatero lo apostó casi todo a esa estrategia y los resultados están hoy bien a la vista: con ellos no ganará las generales. Toca, pues, hacer algo un poco más difícil que echar el aparejo confiando en que «todo o que cae na rede é peixe» y, también, un poco más complejo que colocarse al rebufo de las meteduras de pata de los otros, con la esperanza de que ellas solitas se los acaben llevando por delante: toca hacer política. Es decir, explicar a los ciudadanos españoles que es lo que se quiere para España.