La «noluntad»

| PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS |

OPINIÓN

RINCÓN DEL VIENTO

26 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LAS CONSULTAS electorales son cosa complicada que no se debería reducir al simplismo del número de concejales o alcaldes obtenidos. No se debería, pero así es. En este caso, las cosas se condujeron de tal manera que, a la postre, la expectación por el resultado electoral se redujo a saber si se produciría o no un descalabro del Partido Popular. Un estacazo en la cabeza siempre produce herida, pero la cuestión estriba en saber qué hondura o dimensión ha de tener para merecer el nombre de batacazo. Aquí los expertos apuntaban, para hablar de tal, a una pérdida de dos puntos y medio, por referencia a la anterior consulta municipal. La cosa se ha ido, al parecer, a unos porcentajes aproximados a tales previsiones. Ni se ha confirmado el caos milenarista con que Gaspar Llamazares amenazaba al Partido Popular, ni tampoco ha quedado sin castigo la arrogancia molesta de los populares. Digamos que el país se ha mantenido en un ejercicio sensato del control y la opción democrática. Probablemente haya aplazado su juicio definitivo para las próximas generales. Se podrá pintar el cuadro de los colores más suaves por parte del partido gubernamental. Pero los datos, en cualquier caso, son elocuentes, y aún benéficos para lo esperado, pues las elecciones se vieron crispadas por unos meses previos políticamente tumultuosos y guerreros, donde el ejercicio político alcanzó las cotas más altas del llevar la contraria a la ciudadanía que se recuerdan en nuestra reciente historia. ¿No habría de tener todo ello una consecuencia electoral? A lo que parece, nuestra sociología es hoy por hoy de izquierdas, pero nuestra biología sigue siendo de derechas. Ello explica que el castigo haya sido duro, aunque limitado. Más preocupante resultaría que la gran afluencia electoral y su posicionamiento viniese determinado no tanto por la voluntad de apoyar ilusionantes programas propuestos, sino más bien por lo que en la transición se llegó a llamar «la noluntad », el no querer o el querer que no triunfen algunos deseos o actitudes que resultan profundamente desagradables a porciones sustanciales del país. Aquí sí que jugaron claramente la guerra, el Prestige y la soberbia de José María Aznar. Quizás no es la forma más estimulante de ejercer el voto, pero no deja de ser una de las más valiosas, en cuanto garante de la concordia y el talante de la normalidad democrática. Quizá sea esta la lección o el activo más valioso de esta extraña consulta popular: el decir drásticamente que no a lo que no se quiere, aún sin metas demasiado ilusionantes por las que apostar.