MUCHAS PRESIONES ha tenido que soportar Arafat antes de ceder en su determinación de mantenerse en el poder de forma absoluta. Como fundador, en 1968, de la Organización para la Liberación de Palestina, más conocida como OLP, ha dedicado su vida a luchar por la causa de su gente. Su actuación siempre ha suscitado críticas tanto por parte de palestinos como de foráneos. No siempre se ha entendido su vinculación con la violencia como método reivindicativo, mucho menos el apoyo a personajes caídos en desgracia como Sadam Huseín. Ha cometido muchos errores tácticos que siempre han repercutido negativamente en la evolución del enfrentamiento con Israel, pese a ello, siempre ha tenido el apoyo de su gente. Pocos son los palestinos que no reconocen su dedicación, a pesar de las acusaciones de prevaricación, corrupción y nepotismo como presidente de la Autoridad Nacional Palestina. El hombre eternamente cubierto con la chefiah de cuadros blancos y negros ha estado en el candelero desde hace más de tres décadas y cuando el conflicto palestino-israelí ha saltado a la palestra un día sí y otro también, siempre ha sido reconocido como el representante de la causa palestina. Pero, a pesar de que gran parte de los palestinos sienten afecto y respeto por él, el transcurso del tiempo ha hecho que, poco a poco, su autoridad moral se haya visto minada. El fracaso del proyecto de una Palestina reconocida internacionalmente, la situación de ocupación militar permanente, la pérdida diaria de vidas humanas, el estado de sublevación que no conduce a ninguna parte y, por supuesto, su falta de capacidad o voluntad para controlar a los elementos más exaltados le han hecho perder credibilidad e influencia entre los suyos y entre aquellos países que han apoyado su causa. Ni que decir tiene que goza del primer puesto entre los personajes más odiados por los israelíes. Arafat pasará a los anales de la historia de, al menos, las tres últimas décadas del siglo XX pero, muy probablemente, nunca lo hará como el líder palestino que llevó a su gente a la paz definitiva. Con el nuevo plan de paz que George Bush se ha sacado de la manga y que ha bautizado con el original título de hoja de ruta se ha puesto de manifiesto que, para conseguir el reconocimiento de un estado palestino, los israelíes exigen, como condición, que Arafat no sea la cabeza visible. Por ello y a su pesar, el líder palestino ha tenido que ceder el protagonismo a su viejo compañero Mahmud Abbas, más conocido como Abu Mazem, para no perder esta última oportunidad para la paz. Pese a su talla intelectual, inicialmente, Abu Mazem parece que carece del carisma suficiente para convencer y aunar tras de sí a los palestinos que permanecen a la espera. Por el contrario, es percibido por la comunidad internacional, en general, y por los israelíes en particular, como un hombre de talante negociador que siempre ha criticado la Entifada como método. El tiempo dirá si este hombre tranquilo puede lograr lo que otros con más carácter no han alcanzado.