AHORA, cuando Arafat ha cedido el poder -cara al exterior- a manos de Abu Mazen; cuando Sharon considera suficiente el castigo cruel a los palestinos; cuando EE. UU. vuelve a tomar las riendas del conflicto y Bush se ha empeñado en poner en acción el plan de paz, justamente ahora, los terroristas palestinos han emprendido una locura de suicidios agresivos, parece que para entorpecer cualquier forma de arreglo con Israel. El plan debería implantarse en tres etapas: La primera exige el fin del terrorismo, que iría seguido de la normalización de la vida social y política de los palestinos; a continuación se produciría la retirada del ejército israelí y de los asentamientos ocupados en territorio palestino. Todo esto estaba previsto para entrar en vigor en mayo. La segunda etapa, que iría de junio a fin de año, serviría para poner las bases del futuro Estado de Palestina; se celebraría una conferencia internacional de paz y se nombraría una comisión para vigilancia del cumplimiento de los acuerdos. La etapa final, que debe extenderse al año 2004, comprendería una definitiva paz al anunciar la creación del Estado Palestino con fronteras reconocidas, un estatus especial para Jerusalén como capital de los dos estados, un plan de retorno de los refugiados palestinos y la definitiva liquidación de los asentamientos israelíes. Ya se comprende que en estas circunstancias, con unas negociaciones asimétricas a favor de Israel, con los palestinos al límite de sus fuerzas, sin recursos para subsistir, solo con el apoyo decidido de EE. UU. se podrá llevar el plan de paz adelante. A Europa, como siempre, le tocará pagar la reconstrucción de lo destruido. Con este panorama Bush debe obligar a Sharon a que se retire y ceda, para que los terroristas palestinos adopten un alto el fuego y se acojan a la paz de una vez.