Una oveja ante el televisor

| ARTURO MANEIRO |

OPINIÓN

24 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

ALLÁ DONDE acaba la tierra de Galicia, en un extremo de Aguiño, vive un amigo de espíritu muy abierto. Tiene una amplia finca mirando al mar que es como un arca de Noé: cada animal que pasa acaba quedándose como uno más entre los propios. Por eso es fácil ver a cachorros de perros y gatos en la misma cesta, criándose en perfecta convivencia. No es raro observar como una yegua asoma por la puerta de la cocina en busca de una manzana, o como sale a recibirte un amplio comité de recepción formado por innumerables perros de toda raza y apariencia, junto con gatos y pollos. Quizás por eso no me extrañó que tuvieran una oveja doméstica en casa. Reconozco sin embargo que me sorprendió la forma en que el animal se acomodaba en el tresillo para ver la televisión como uno más de la familia. Y aún más me sorprendió comprobar la atención que le prestaba a los programas o la cara de satisfacción que ponía en algunos momentos. Miraba con aspecto intelectual, con gesto de estar analizando los contenidos en profundidad. Aunque nunca supe si entendía algo. Me acordé de ella en esta última temporada en que he tenido que prestarle más atención a la programación de nuestras televisiones. ¿Qué pensará la oveja de mis amigos viendo la actuación de ciertos seres humanos ante las cámaras, sobre todo de esos que en las televisiones les llaman famosos, y que merecen tanto espacio? ¿Qué cara le quedará a la oveja cuando ve a unos humanos viviendo a cuerpo de rey en un hotel o a otros sufriendo voluntariamente como náufragos en una isla, con las cosas que piensan, las que dicen y las que hacen unos y otros? Nunca antes se han tenido tantas posibilidades de observar las reacciones de un cultivo humano como sucede ahora gracias a la televisión. Algunas actuaciones son tan raras que ya se sitúan en Marte, otras nos recuerdan insistentemente a una jaula de monos alborotados. Podemos observar todos los días cómo se dirimen en la televisión los problemas de una abuela con su nieto, cómo se exponen las incomprensiones de una madre con su hija o la sorpresa de una madre ante su vestido de niña, o a una hija que le dice a su madre ante el público lo que nunca se atrevió a decirle en privado. Nadie puede negar que es una experiencia de lo más enriquecedora. En el tubo de ensayo cabe todo, se observa de todo y se experimenta con todo, aprendemos de todo. Nunca la humanidad ha podido ser tan consciente como ahora de su proximidad a los chimpancés. Por eso nada más justo que darle el premio Príncipe de Asturias a Jane Goodall, que los conoce bien. Sólo nos queda esperar que algunos de estos primates tan cercanos mentalmente a nosotros se dediquen también a crear programas para la televisión. Quizás nos sorprenderíamos. Y creo que la oveja de mis amigos quedaría muy satisfecha.