HA MUERTO, a los 58 años, José María Riobó Millán, uno de los líderes obreros del 10 de marzo de 1972 y primer secretario de CC.?OO. en Ferrol tras la legalización del sindicato. Junto a Rafael Pillado y Manuel Amor Deus puso en marcha en Bazán una eficacísima maquinaria clandestina contra el régimen de Franco, con una enorme habilidad para evitar la deriva terrorista. Por eso lo odiaban tanto los partidarios de las pistolas. Es probable que no se haya valorado bastante la contribución de esta generación a la conquista de las libertades en Galicia. Dotado de un enorme carisma que combinaba con grandes dotes para el diálogo, fue de los primeros comunistas que advirtió del desastre de la antigua URSS cuando, tras salir de prisión en 1976, fue invitado a visitar Moscú. Nacido en el viejo barrio de Esteiro, pueden contarse con los dedos de la mano las veces que se le vio triste. Incluso la mañana épica del 10 de marzo, cuando la policía disparó contra una manifestación de trabajadores del astillero que reclamaban un convenio, tuvo la intuición suficiente para cruzar la ciudad tomada, dirigirse a Capitanía, donde estaba el poder real, y conseguir que el almirante Romero Manso lo recibiese. Hay que situarse: en la carretera de As Pías habían quedado poco antes dos muertos y cuarenta heridos de bala. Un muchacho y un maduro militar, unidos por un profundo amor a su ciudad, se veían frente a frente. El almirante, dicen ahora los historiadores, quedó marcado por el régimen a causa de este encuentro. Esta misma capacidad la aplicó luego como sindicalista en los momentos más duros de la reconversión naval, cuando las libertades ya eran una realidad. Falleció de cáncer la madrugada de ayer (él atribuía al amianto parte de su mal), con su mujer Encarna a su lado, pero antes quiso votar y lo hizo por correo. Fiel a sus deberes cívicos, ejercerá su derecho el domingo aunque ya no esté entre nosotros. Ferrol pierde a su líder obrero más popular, condición que conservaba a pesar de que se había apartado de toda actividad pública. Era de esa clase de personas que dan brillo al siglo XX en la ciudad. A base de entusiasmo logró aplazar su fallecimiento un año: José también sabía dialogar con la muerte.