He echado en falta últimamente en el periodismo estadounidense de calidad la denuncia clara, continuada y contundente de lo que está ocurriendo con los seiscientos detenidos en Afganistán que siguen confinados en Guantánamo desde hace año y medio en unas condiciones de total incertidumbre. Me venían a la memoria las frases que en tantas ocasiones les oí a directivos de grandes medios de comunicación de EE.?UU. alardeando de las garantías que preservan su libertad de prensa y que hacen posible que el periodismo cumpla su misión de esclarecer la realidad, horadar la fachada plana de la vida pública y desvelar la verdad honda que hay detrás. «Un periodista tiene derecho a equivocarse pero no a renunciar a la búsqueda de la verdad», nos dijo un día a unos colegas el presidente del imperio Dow Jones, Peter R. Kann. «La libertad de expresión no puede admitir trabas ni ambages, y menos cuando se disfrazan de ética o de moralidad», nos alertó en otra ocasión Lou Boccardi, presidente de la agencia Associated Press (AP). Y yo me venía preguntando desde hace meses: ¿Qué tienen que ver todas estas magníficas declaraciones con el silencio de ahora sobre los presos recluidos en Guantánamo? ¿Por qué no esclarecen esta realidad, horadan su superficie plana y nos ofrecen la verdad honda que hay detrás? Por todo esto me ha reconfortado especialmente el editorial de The New York Times del pasado jueves en el que afirma con rotundidad que esta situación supone una ofensa a los ideales más apreciados en los Estados Unidos. Se había dicho antes en éste y en otros medios de comunicación, pero nunca con el vigor y la continuidad requeridos. The New York Times ha tardado demasiado en hacerlo para mantener incólume su prestigio, pero al cabo no ha faltado a la cita con su propio compromiso de que la verdad nos hará libres. Esos presos, separados de sus familias y sin posibilidades de acudir a un abogado o a sus gobiernos, «merecen una justicia abierta y real sin demoras ni excusas». Así lo ha dicho. Y ha dicho la verdad. Tan necesaria como el oxígeno.