LA GUERRA de Irak, el terrorismo, el Prestige aparecen como leitmotiven de esta campaña electoral y llegan a desviar el interés de la cuestión municipal. Los líderes políticos y, por consiguiente, los medios de comunicación, dedican más energía y espacio a aquellos temas que a las propuestas y al debate en torno al futuro de los ayuntamientos en los próximos cuatro años. Las ciudades españolas, las gallegas también, pasaron con las primeras corporaciones democráticas por una etapa de cobertura de las dotaciones imprescindibles para satisfacer los requerimientos de la población. Después vino una fase hiperconstructiva que, sin cubrir la demanda de vivienda de los sectores más necesitados, empieza a manifestar sus lacras, sobre todo en las áreas que podemos denominar, eufemísticamente, metropolitanas. ¿No será éste el momento de una mayor cualificación de la acción pública y privada? Apunto cuatro cosas, por si fueran de interés. La calidad va más allá de los materiales usados. Las administraciones, promotores, constructores o arquitectos que impulsen la calidad, la innovación y la economía en la arquitectura, el espacio público, los equipamientos, la construcción en general, deberían de acceder a un sistema de incentivos fiscales, además del reconocimiento de los concursos y los premios del Colegio de Arquitectos. La razón es muy sencilla: están haciendo más vividera la ciudad en el presente y patrimonializando la del futuro. La calidad del planeamiento y el éxito en su gobernación dependen de muchos factores. Entre otros, vincular a todos los efectos la implantación de infraestructuras con la construcción de la ciudad; esforzarse por localizar los equipamientos en los emplazamientos oportunos; proteger arquitecturas, vistas y paisajes sin dejarse llevar sólo por sístoles inmobiliarias, y gestionar el planeamiento con fe de creyente para ir hacia delante sin dejar tierra quemada atrás. Si la metropolización del territorio es un hecho irreversible, el acuerdo entre la capital y su entorno debe basarse más sobre pautas concisas en materia de infraestructuras, de protección de espacios comunes, de transporte público, de vivienda de protección, que en grandes planes, complejos y de difícil gestión, que no se los cree nadie y, por lo tanto, no se practican. La nueva economía está más vinculada a la universidad y a lo que de ella irradia que a otra cosa. Todas las ciudades gallegas tienen algo de universidad, pero dudo que se estén utilizando al cien por ciento los resortes que traban empresa, universidad y ciudad. En el mismo sentido, la cultura, el turismo sostenible y el ocio son fundamentales para la economía urbana si se evita su banalización en aras de una mejor comprensión de la ciudad y de la promoción de sus valores y capacidades. Es decir, utilizar estos vectores para abrirse al sistema urbano global y superar cualquier localismo miope. El discurso municipal es lo que enlaza a políticos y ciudadanos. No en vano la política nació en la polis , y la ciudadanía surgió con la civitas . Convendría que, en esta coyuntura, no se perdiesen de vista esas correspondencias.