Matanza en Riad

ENRIQUE CURIEL

OPINIÓN

EL BRUTAL atentado de Riad contra tres complejos residenciales constituye una grave señal sobre las características del terrorismo integrista y sobre los países en los que encuentra apoyo. Reivindicado por Al Qaida, no es casual que se haya dirigido contra los ciudadanos de los EE.?UU. en la capital saudí y que se produjese horas antes de la llegada a Riad de Colin Powell. Osama Bin Laden -que probablemente tiene algo que ver con el atentado de Chechenia-, ha querido demostrar su fuerza. Está vivo y las guerras de Afganistán e Irak las ha utilizado como munición política y religiosa en su lucha contra Occidente. ¿Han servido ambas guerras para erosionar o liquidar el terrorismo? Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) de Londres, la red de Al Qaida dispone de más de 18.000 terroristas. Es urgente que la comunidad internacional analice la situación seriamente y que se comprenda que la terapia guerrera de Bush constituye un error descomunal. Pero también tiene importancia que el atentado se haya cometido en Arabia Saudí por otras razones. La monarquía de la familia Saud, además de ser un régimen cruel cuya policía política nada tiene que envidiar a la de Sadam, se encuentra ante una grave crisis sucesoria, económica y política. Si tenemos en cuenta que Arabia Saudí es el aliado árabe más importante de Occidente -en su país se encuentra el 25% de las reservas mundiales de petróleo conocidas-, no es extraño que un estremecimiento recorra las cancillerías de los países desarrollados mientras se otea el horizonte. El país camina hacia la bancarrota. Los presupuestos de Defensa y de la familia real siguen creciendo. A pesar de ingresar casi 100.000 millones de dólares anuales, son incapaces de hacer frente desde las instituciones a la situación y gastan más de lo que ingresan. La renta per cápita anual ha pasado de 14.000 dólares en 1982, a 6.000 en 1993. El desempleo entre los licenciados universitarios llega al 25%. El Gobierno ha dejado de pagar las facturas a muchas empresas occidentales. El malestar social ha fortalecido a los grupos del fundamentalismo islámico que culpan a la familia real -más de 9.000 miembros varones-, que, además de realizar unos gastos fastuosos, dispone de la mayoría de las concesiones de los contratos del Gobierno en medio de un mar de sobornos. El Gobierno se defiende promocionando su propio fundamentalismo wahabí; no olvidemos que quince de los diecinueve autores de los atentados del 11-S fueron educados por la familia Saud. Y, por fin, la sucesión del rey Fahd es una fuente de problemas. El rey está viejo y muy enfermo y la familia se encuentra dividida. Una guerra civil o un baño de sangre tribal no es imposible.