COMO si de la reencarnación de San Juan Evangelista se tratase, Aznar parece haber regresado de su particular isla de Patmos con la revelación de un nuevo Apocalipsis. Por si la amenazada unidad de España y el peligro comunista no fueran suficientes, el presidente del Gobierno ha vuelto a agitar el fantasma de las pensiones, cuya continuidad dependería, si hacemos caso de sus groseros argumentos, de la victoria electoral del PP. En los últimos años, debido al crecimiento económico, es cierto que se ha producido un importante superávit en los sistemas de protección social, particularmente en la Seguridad Social y el Inem. Pero el Gobierno, en vez de dedicar esos excedentes a aumentar el gasto social público, los ha destinado a cubrir los recortes de los ingresos públicos, consecuencia de las injustas reformas tributarias, y a perseguir obsesivamente el déficit cero. Por esa razón sólo podemos dedicar a las pensiones el 8% del PIB, en contraste con el 11% de la media europea. Y por ese mismo motivo el gasto social en España representa el 20% del PIB, mientras el promedio de la UE se sitúa en el 27%. Pero nada de esto parece preocupar al presidente del Gobierno. Su propuesta política se ha ido reduciendo peligrosamente a un único y antidemocrático argumento: yo o el caos.