TRES ATENTADOS, aparentemente suicidas, sacudieron las entrañas de la capital del reino saudí llevándose consigo la vida de al menos una treintena de personas. Una cantidad ingente de explosivo hizo estallar por el aire decenas de viviendas en un barrio residencial en donde moraban, fundamentalmente, extranjeros. Aunque todavía ningún grupo terrorista ha reivindicado la autoría de estos asesinatos en masa, no cabe duda de que su comisión se debe a un grupo de corte fundamentalista islámico, probablemente, Al Qaida. En los tiempos que corren, es muy díficil que los occidentales no nos inquietemos ante la amenaza fundamentalista islámica que se cierne sobre nuestras cabezas. Nos dimos cuenta del riesgo que suponía con el derrocamiento del Sha de Persia y el ascenso al poder del hasta entonces desconocido ayatolá Jomeini; nos sentimos muy vulnerables cuando el régimen talibán se instaló en Afganistán y ya nos pusimos nerviosos al ver cómo se sucedían los atentados suicidas de los jóvenes palestinos seguidores del Hezbolá ( el Partido de Dios ). Pero, realmente, nos percatamos de la envergadura del movimiento religioso con los atentados que hicieron sucumbir a las torres de Nueva York el 11 de septiembre del 2001. El fanatismo islámico traspasaba las fronteras orientales para adentrarse en Occidente. Sin embargo, pese al radicalismo de sus posturas y lo dramático de sus actuaciones suicidas, no debemos confundir los movimientos fundamentalistas islámicos existentes. Tanto el Irán de los ayatolás como los seguidores de Hezbolá son chiíes, es decir, fieles partidarios de Alí y su descendencia; sin embargo, el fundamentalismo que podemos apreciar en Arabia Saudí es diferente. La dinastía Al Saud se rige por los cánones wahabíes, una tendencia que surgió en la península arábiga en 1740 como reacción al imperio otomano. Tanto chiíes como wahabíes dicen seguir con más pureza que los suníes los cánones islámicos, aunque realmente se rigen, más que por el Corán, por la doctrina derivada de él y lo que se denomina Hechos del Profeta , es decir, la recopilación de los acontecimientos de la vida de Mahoma y su opinión sobre la forma en la que un buen musulmán debe comportarse. Sin embargo, varían en la interpretación teológica y son rivales a nivel político dado que ambas tendencias tienen ambiciones expansionistas. Al Qaida, por su parte, es un movimiento radical que rechaza la corrupción de la dinastía saudí y el apoyo que presta a los que consideran enemigos de los musulmanes: norteamericanos y británicos. A pesar de que su forma de actuar es violenta, no parece que para frenarlos sea suficiente la persecución policial. Sus raíces son muy hondas y se hunden en la conciencia de injusticia social y discriminación que el mundo musulmán en general y el árabe en particular tienen. Quizás con respeto, educación y conocimiento se podrían minar sus cimientos, pero Al Qaida lleva tanto tiempo funcionando ante la ceguera occidental que parece demasiado tarde para optar por la vía pacífica.