PASADO un tercio de su duración, puede decirse que la campaña electoral está siendo rica en contenidos y propuestas. No es cierto que sólo se hable de la guerra y del Prestige . Los candidatos y sus equipos exprimen las meninges y ofrecen también ideas y soluciones para los problemas locales, lo que es muy de agradecer. Lo que ocurre es que muchas veces coinciden o se imitan inconscientemente en sus propuestas, poniendo difícil nuestra elección. Es entonces cuando, para la decisión, ganan peso el tono y la apariencia de los candidatos. Con ello no creo que incurramos en frivolidad. Paul Valery decía que lo más profundo que hay en el hombre es la piel, lo que, salvado el cinismo, recuerda en fino al más castizo «la cara es el espejo del alma». En realidad, apelamos con ello nada menos que a la fenomenología, esto es, al método destinado a captar las esencias en las apariencias inmediatas. Y es que, digan mucho o poco, hay candidatos que agradan, de la misma forma que hay otros cuyo gesto inevitablemente nos irrita. Esto último, que parece insubsanable, semeja una dolorosa condenación, al menos si es cierto lo que afirmaba Cesare Pavese, que «nos hacemos odiosos cuando equivocamos el tono».