Odio

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

MARTOS es un sitio tranquilo. Está a 24 kilómetros de Jaén, veinte mil habitantes. Es un pueblo lindo, de olivos, con su plaza de toros, su peña y sus casas blancas. Martos saltó ayer a la página de sucesos. El odio es un ácido. El odio abrasa por dentro como un ácido. En Martos, una mujer, que acusaba a otra de acostarse con su marido, quemó con ácido a los dos hijos de la supuesta infiel. Leo la noticia y siento el odio de esa mujer. Esa mujer que camina con la botella del delito en sus manos, que se acerca a la risa de los niños y que los manda al hospital. La niña tiene ocho años y podría quedarse ciega y con la cara deformada. Si es que hay algún culpable, desde luego no son los niños. La página de sucesos se escribe a sangre. En Albacete, un vecino le puso el punto y final a Crónica de una muerte anunciada. Mató a su ex con un cuchillo y un martillo. Todo el mundo sabía que lo haría. En julio del 2001, su hija había denunciado un ataque con arma blanca. La mujer se separó de la alimaña, pero vivía en el piso de arriba y, no se lo pierdan, le seguía haciendo la comida y las tareas domésticas. El premio fue matarla. El odio es un veneno, abrasa y mata, cenizas. Hace falta demasiada energía para odiar. cesar.casal@lavoz.es