UNA EDITORIAL de Rennes acaba de reeditar mi primera novela. La escribí hace algo más de veinte años, y en ella cuento hechos acaecidos por lo menos treinta años antes, de modo que ya hemos sobrepasado medio siglo de historia. ¡Quién lo diría! Cuán cierto es aquello de Pessoa: ni soñamos ni vivimos; es una infancia sin fin. La editorial está en el corazón de Bretaña, y con mi libro inicia una colección de literatura hispanoamericana bajo el lema significativo de El retorno de las Carabelas . Yo siempre dije, escribí y explico, que gran parte de la literatura latinoamericana procede de Galicia. Que antes de que Juan Rulfo escribiera Pedro Páramo , Rafael Dieste, Ánxel Fole y otros escritores nuestros ya habían penetrado en el submundo de la vida, y García Márquez cierto día me confesó que todos los enredos de Cien años de soledad se los había contado su abuela, que era gallega. Dirige la colección Terre de Brumes Albert Bensoussan, novelista y uno de los mejores traductores del español. Se ilustró vertiendo al francés la imposible Tres tristes tigres de Cabrera Infante, y luego continuó con todo Vargas Llosa. No volví a leer El lago de Como (traducida también al francés por Bensoussan) desde que la escribí. Pero sí me vienen al recuerdo escenas que relato en ella. Los primeros datan del final de la guerra civil, cuando pasaban los moros en camiones por mi pueblo camino del frente asturiano y nos metían miedo, aunque nos dieran caramelos de menta por aquello de la guerra psicológica, que se dice ahora. Se orientaban por un indicador del cruce que ponía Ruta de guerra , hacia Asturias. Un día apareció el rabo de la primera erre borrado, de modo que los moros leyeron Puta de guerra y le echaron la culpa al cartero -republicano y pacifista- con paseíllo final. El lago de Como sentó como un tiro a mis paisanos. Mi madre recibía cartas anónimas insultantes y mi familia me aconsejó no volver por allí. Eso fue allá por el ochenta. Tenía yo entonces en París una amiga mexicana muy bragada, como muchas aztecas. Me dijo: vamos a tu pueblo; me alquiló una barba postiza y una peluca llamada mariscal Murat . Allá fuimos. Yo era un pianista rumano llamado Dinu Lupati que no hablaba español y ella una periodista guatemalteca que hacía un reportaje sobre los pueblerinos ilustres . «Sí, de aquí son Fraga, Rouco Varela... ¿Y Chao?». «¿Cuál de ellos? El de París es un hijo de puta, y que no se le ocurra volver por aquí». Yo estaba sentado con ellos en el bar, mudo y temeroso: aquellos hombres eran mis amigos de infancia, muy queridos, y me miraban con curiosidad. No sé si por la pinta que tenía. Seguro que sí, pero tal vez me reconocieran... Así pasamos tres días, hasta que se me ocurrió enseñarle a mi acompañante el edificio del hotel de mis padres. Fuimos sigilosamente de noche, por la parte trasera. Allí estaba mi madre, alumbrada por una bombilla mortecina, sola, sentada, pensando tal vez en nada. No me atreví a entrar, con las pintas napoleónicas que llevaba. Me pareció infame y esa misma noche regresamos a Compostela. Era en pleno verano. Con el calor se me soltaba la barba. Entraba barbilampiño en el Hostal y salía barbado de oreja a oreja. Los conserjes me miraban con asombro y recelo. Se estaban dando acciones del Grapo, incluso con muerte. Temí verme implicado en asuntos terroristas, tanto más porque en mi adolescencia había estado medio enamorado de una de las acusadas, enfermera en A Coruña, e hija, para más señas, de un guardia civil de mi pueblo. Eso no lo cuento en El lago de Como. Puede ser el germen de otra novela.