Chiísmo

| YASHMINA SHAWKI |

OPINIÓN

06 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EN OCCIDENTE, las manifestaciones de violencia extrema de los chiíes de Irak han sorprendido y creado cierta inquietud. Y ello porque no sólo resulta preocupante el fanatismo mostrado, sino por la rapidez con la que el movimiento religioso se ha organizado para expresarse públicamente. Es evidente que los chiíes no han decidido de repente asaltar el poder tras la invasión norteamericana, sino que su movimiento llevaba décadas funcionando en la clandestinidad y ahora, con la caída del régimen dictatorial de Sadam, ha salido a la calle para dar voz a sus reivindicaciones. Como ocurre con los Hermanos Musulmanes que tantos adeptos han conseguido para su causa entre los sectores más desfavorecidos de las comunidades egipcias y turcas, los líderes chiíes de Irak han mantenido la fidelidad y devoción de sus fieles por su dedicación a los pobres y enfermos. A pesar de la dura represión ejercida por Sadam Huseín, los chiíes siempre han podido contar con el apoyo espiritual y, en la medida de sus posibilidades, económico, de los líderes religiosos. Las detenciones, desapariciones y persecuciones que algunos de éstos y sus familias sufrieron a manos del régimen del Baaz no hicieron sino incrementar la pasión de los adeptos. Pero, ¿qué es lo que diferencia a un musulmán suní de otro chií? ¿Por qué unos son más pacíficos que los otros? ¿Por qué ese fanatismo radical? Es díficil dar una explicación en unas cuantas líneas, sobre todo, porque, al margen de las diferencias de índole teológica subyace una cuestión de interés político y económico, y sobre todo, una queja de injusticia histórica. El chiísmo surge en el año 661, a raíz del asesinato de Alí, el cuarto Califa y yerno de Mahoma, en Kufa, una ciudad del sur iraquí. En aquel año, Moauia, gobernador de Damasco y sobrino del Califa anterior, Ozmán, consiguió que, Hasán, el primogénito de Alí, le cediera el mando de la comunidad musulmana, hecho que no fue aceptado por los seguidores de Alí, quienes consideraban que sólo los descendientes del Profeta tenían el derecho a gobernar a los fieles. Los partidarios de Alí y su descendencia esperaron a que Moauia falleciera para levantarse en armas contra los abusos de poder de la élite árabe suní. Convencieron al hijo menor de Alí, Huseín, para que abandonara la Meca y acudiera en su ayuda. Sería en la ciudad de Kerbala donde Huseín se enfrentaría al ejército Omeya liderado por el nuevo califa Yezid. Pese a los intentos de Yezid para que depusiera las armas, Huseín insistió en enfrentarse en una batalla que tenía perdida de antemano. La exhibición de fanatismo religioso que tuvo lugar hace unos días en Kerbala conmemoraba este hecho histórico. Desde entonces, los chiíes de Irak, de origen persa en su mayoría, llevan enfrentándose a la élite árabe suní que les ha gobernado a lo largo de los siglos. La caída de Sadam les ha abierto la puerta para acceder al poder que creen suyo. Sólo la moderación les permitirá acceder al gobierno. Veremos si son capaces de refrenarse.