El mensaje de la paz

OPINIÓN

EN 1982 TUVE EL HONOR de recibir a Karol Wojtyla junto al avión que lo trajo a Galicia, y todavía conservo en mis sentidos la fascinante imagen de un pontífice que peregrinaba a la catedral de Santiago para llamar a la unidad de Europa y proclamar las raíces cristianas de nuestra cultura. Ayer, en cambio, lo vi por la tele, sumido en la monotonía de un viaje pastoral que hace el número 99. Como cristiano que soy y me confieso, acostumbro a seguir con mucho interés las enseñanzas del Papa, y, aunque no oculto mis frecuentes discrepancias con la forma de enfocar los problemas de la sociedad europea, reconozco la enorme sintonía que siento con sus proclamas de paz y con las denuncias de un orden mundial que parece abocarse al enfrentamiento entre economías y culturas. Lamento que esta visita a Madrid se haya celebrado, especialmente el sábado, bajo los dictados de una estética que no comparto ni reconozco en la Iglesia española. Por más y más que lo intento no consigo conectar con esas monjas que, santamente enamoradas del pontífice, bailan y palmotean en su honor, o que asumen la discriminación de género que las mujeres españolas están abandonando. Tampoco reconozco a mis hijos en ese adjetivo sustantivado -«los jóvenes»- que exhibe un estereotipo de virtud y comportamiento que no se corresponde con la manera de vivir de los chavales que llenan las aulas y las calles. Y menos aun me sumo a esta nueva liturgia que ni es tradición ni actualidad, y que parece moverse en una especie de complejo frente a una modernidad que no asimilan ni entienden. Pero nada de eso me impide bucear en estas ceremonias folclóricas, a la búsqueda de un mensaje que casi nunca me defrauda, y que en esta ocasión esperaba con excepcional interés. Por eso quiero denunciar la forma sutil en que se aminoró el mensaje de paz del Papa y su severa admonición contra los que impulsan la guerra. Primero, porque algún consejero oficioso le hizo insistir demasiado en la perspectiva del terrorismo autóctono, como si tuviese que pagar peaje para hablar del belicismo mundial que amenaza nuestro futuro. Segundo, porque no se supo destacar la condena de la guerra que emitió en Barajas, después de que el Rey le diese las gracias por asumir el radical compromiso de paz que nuestro Gobierno no secundó. Tercero, porque la paz que corre riesgos tiene escala planetaria, y porque la confusión entre la política y las armas no es exclusiva de los terroristas. Quizá por eso ningún periódico se atrevió a titular diciendo que «el Papa condenó la guerra y recriminó severamente a los que la hacen». Aunque era el gran titular que yo esperaba, y que el papa Wojtyla se merecía.