El Papa que surgió del frío

OPINIÓN

POSIBLEMENTE ningún personaje ha conseguido movilizar durante el siglo XX y lo que va de XXI a tantos millones de personas como ha llevado tras de sí Karol Wojtyla. Aunque sólo fuera por eso su nombre merecería ya ocupar un lugar sobresaliente en la historia de los hombres. Pero es que, además, quien desde 1978 dirige los destinos de la Iglesia asumió el mismo día en que fue elegido para ocupar el trono de Pedro una titánica labor: la de cambiar el rumbo inexorable de esa historia. Porque, es cierto, cuando Wojtyla fue elegido, el destino de la Iglesia estaba ya marcado con la implacable señal de una modernidad dispuesta a llevarse todo lo que se le pusiera por delante. Los últimos tabúes habían caído arrasados por unas guerras mundiales que acabaron descolocando aquel orden tradicional que parecía inamovible e inmutable. El papel de la familia, el rol de la mujer, el matrimonio, la procreación... al fin, el propio lugar de la religión y de la Iglesia en la vida (y en la muerte) de los hombres, todo comenzó a cambiar tras un proceso de secularización que a la altura de 1978, cuando aquel polaco desembarcó en el Vaticano, parecía generalizado e imparable. Contra todo ello se reveló muy pronto el Papa, quien creyó encontrar la llave de oro que podía cerrar las puertas del espíritu moderno en una sabia combinación de conservadurismo en lo personal y progresismo en lo social. La reflexión que estaba en la base de ese intento, portentoso en su misma concepción, partía de afirmar que si la Iglesia no se acantonaba en torno al dogma acabaría por ser capaz de acoger a todo el mundo, pero al riesgo de disolverse como tal. Por eso, rompiendo con la impronta del catolicismo progresista, Juan Pablo II se cerró en banda en los llamados temas de costumbres, al mismo tiempo que hacía de la defensa de los débiles la bandera social de su papado. Con la perspectiva que dan los veinticinco años transcurridos desde entonces, es posible afirmar sin duda alguna que Karol Wojtyla no ha sido capaz de ganarle el pulso a su adversario: la secularización avanza incontenible y sin dejar títere con cabeza, si ha de decirse toda la verdad. Juan Pablo II ha perdido porque era sencillamente imposible que ganara: ningún hombre podía conseguirlo porque hay tareas que sólo Dios, de existir, podría acometer. Pero dicho eso, he de reconocerles -yo, que desde hace muchos años vivo separado de la religión y de la Iglesia- que el ejemplo humano de Karol Wojtyla resulta, en este mundo egoísta de iluminados, trapisondistas y canallas, de una admirable fuerza y coherencia. Más valioso aun porque su esperada recompensa es sólo ¡ay! una promesa.