VIÉNDOLE y escuchándole se me ocurre a veces que, si no creyera en Dios, él me haría creer. Con más de ochenta años, doliente, gasta los últimos alientos de una larga vida repleta de luchas -contra el nazismo, primero; contra el comunismo, después y en favor siempre del hombre, hijo de Dios- sin ahorrarse ningún esfuerzo. Parece que pretende morir de pie, hablando, como si el mensaje que lleva en su cabeza y en su corazón pudiera a las limitaciones de su cuerpo. Más que eso. La impresión que transmite es la de un hombre apasionado, un gran amante. Alguien que, a fuerza de tanto querer, no piensa ya en si mismo, sino sólo en los demás, en esta humanidad también doliente para la que tiene, no sólo un consuelo, sino un modelo y una solución para muchos desconocida: Cristo. Dicen que este Papa es conservador en lo moral y progresista en lo social. No consiguen reducirlo a esquemas ideológicos simplificadores, porque Cristo tampoco es simplificable. Él le trae a España, dice Olegario González de Cardedal en El País , porque «lo más grave que está ocurriendo en Europa es el silencio social sobre Dios, junto con el silencio social sobre cada hombre, como su imagen, por más pobre, degradada y diferente que parezca».