Sangre en la manifestación

OPINIÓN

01 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EL PRIMERO de Mayo del 2003 pasará a la historia como el día en que agredieron a un líder sindical. Fue, como saben los lectores, José María Fidalgo. Los trabajadores de Sintel, condenados al paro, habían acudido a la manifestación después de haber designado enemigo: Comisiones Obreras, sindicato al que decidieron hacer responsable de su lamentable situación laboral. Después de un fuerte altercado, se abalanzaron sobre Fidalgo. Y uno le produjo una herida en la cabeza. No recordamos ningún Primero de Mayo que se haya cerrado con un incidente similar. Ante él, se pueden hacer tres tipos de consideraciones. Una, que existe un clima de violencia política que asoma en cuanto aparece la primera disculpa, como se ha visto en algunos actos públicos del Partido Popular. Otra, que hay determinados colectivos sin ninguna esperanza de futuro, que sólo encuentran en la protesta airada una posibilidad de ser atendidos. Y la tercera, que en todas las concentraciones existe al menos una persona agresiva, capaz de atacar con un palo a un responsable sindical. El conjunto de sus compañeros no pueden ser condenados por esa acción individual. Lo malo del suceso de ayer es que se han dado las tres circunstancias. Y se ha dado, especialmente, la circunstancia de un colectivo luchador que se siente engañado por la Administración, una empresa privada y un sindicato. Hay que ponerse en su piel: gentes que tenían un empleo y lo han perdido; les han hecho una promesa y se la retiran. ¿Alguien pretende que, encima, se pongan a aplaudir? Es muy duro enfrentarse a un panorama de hambre. Por eso llevan la ira a flor de piel. Hacen muy mal en golpear a una persona, sea dirigente sindical o simple peatón. Eso es, sencillamente, un delito que se paga en los tribunales. Pero es un aviso: en su situación, cualquiera puede hacer una barbaridad. Y es que España no se puede dividir, laboralmente, entre unos trabajadores cuya preocupación es la paz en Irak y otros que vuelven a su casa y temen encontrar a unos hijos que preguntan: papá, ¿qué cenamos esta noche?