LA PENÍNSULA
30 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.LOS RITUALES de la democracia suelen tener que vérselas con quienes reprochan a la democracia un modo aburrido de ser y manifestarse, como si quienes tal cosa dicen vivieran a caballo entre el Capitán Trueno y el Capitán Tan o entre la Monja Alférez y Cruella de Vil, cosa que no es, porque el aburrimiento comienza -al igual que el ahorro- con uno mismo. A todos nos gustaría ahorrar, pero el ahorro es aburrido, dicen quienes tampoco se divierten a partir de ellos mismos. Y es que no estamos muy bien hechos. Nuestra factura es mediocre en la medida de los acontecimientos. Y los acontecimientos que enmarcan esta campaña y elecciones son de tan insólita naturaleza, de tan exótica índole, de tan inusitada envergadura como para que sólo se aburra quien se desmaye con mirarse al espejo. Las campañas electorales se enmarcan casi siempre en una secuencia de hechos tan previsibles que casi resultan de catálogo, de modo que las propuestas de los diversos candidatos sólo difieren en temperatura y matiz, así como en las cosas que uno no entiende. Así, por ejemplo, cuando Rodríguez Zapatero dice: «Yo creo que hay que mejorar la verdad a la hora de transmitir las políticas», pues no entiendo lo que dice. Es decir, que no me cuesta mucho trabajo llegar a imaginarme lo que quizá quiere decir Rodríguez Zapatero, pero de lo que dice no entiendo una jota. Puede que lo dicho por Zapatero, y no entendido por mí, sea coherente con lo extraño de los acontecimientos que enmarcan estas elecciones. En primer lugar, el hundimiento del Prestige era algo que nadie podía prever ni, mucho menos, los extraordinarios sucesos de toda laya que el malhadado accidente desencadenó, y cuyas consecuencias -incluso las políticas- están todavía por ver. En segundo lugar, tampoco era muy de prever un acontecimiento tan extraordinario como es una guerra, aun más insólita si en ella participa España junto a unos aliados tan diestros en la guerra y tan experimentados en la alianza como el Reino Unido y los Estados Unidos. Un hecho tan inaudito como para que los hechos en Irak se nos hayan metido en la entretela de la política cotidiana y doméstica, poniendo a los candidatos no demasiado dentro de sus casillas ni demasiado fuera de la generalizada turbulencia, como para caer en que el reloj de la guerra se detuvo muy pronto para quienes se especializaron demasiado exclusivamente en el perfil de sus horrores. Teniendo en cuenta que todas las guerras duran demasiado, ésta ha sido vista y no vista. Tan vista y no vista ha sido esta película, que aún hay algunos que no aciertan a dar con la puerta para salir del cine. Y queda, por último, en tercer lugar, el acontecimiento pasmoso de ver a un presidente del Gobierno español metido en el brete de un notable ejercicio de liderazgo que, como todos los auténticos ejercicios en esa dimensión, implica una dosis nada normal de riesgo y de coraje. Lo habrá hecho bien o mal, con mejores o peores efectos y consecuencias, pero lo ha hecho, incluso arrostrando el peligro de que alguien diga de él lo que Churchill dijo de Salisbury: «Un hombre capaz y obstinado, que une el cerebro de un estadista con las delicadas susceptibilidades de una mula». Rasgos exóticos, ya digo.