«TODOS SON unos mentirosos»: eso decía el otro día, más resignada que indignada, una mujer que deambulaba por las calles de la maravillosa Buenos Aires. Se refería, claro, a los políticos. Y eso dice también, en cuanto puede, Nito Artaza, fundador de un llamado Partido de la Gente, cuyo grito de lucha («¡Que se vayan todos!») expresa la sensación devastadora que ha cundido entre esa parte de nuestro corazón y nuestra historia que son los argentinos. Un humorista convertido en líder moral de una nación: de una de las naciones más grandes, ricas y hermosas del planeta. ¡Cuanta razón tenía Carlos Marx: la historia primero como tragedia y luego como farsa! Porque ver a Carlos Menen aspirando ¡otra vez! a la presidencia de Argentina es una farsa: así se llaman las representaciones que protagonizan los farsantes. ¡Carlos Menen! Un dirigente corrupto e impostor, procesado por gravísimos delitos, que es, con su aspecto medio de capo y medio de tanguista, la quintaesencia viva de una clase política que, salvo contadísimas y honrosas excepciones, ha considerado siempre al poder como una fuente de rapiña y a los ciudadanos como unos tontos útiles, llamados a votar para legitimar sus fechorías y pillajes. ¿Cómo explicar, si no, que en un territorio con unas fuentes de riqueza extraordinarias viva hoy en la pobreza el 60% del país? Sólo la política puede dar cuenta de tal desaguisado. Pues los problemas de Argentina, como los de Brasil o Venezuela, tienen mucho más que ver con la política que con la economía. O mejor: son problemas económicos derivados de una forma de gestionar la política que no puede llevar sino al infierno de la recesión, las inflaciones galopantes, el paro estructural y la pobreza. Mis alumnos son testigos, pues suelo explicarlo siempre cuando hablo de la democracia como forma de gobierno: la democracia no es sólo una forma de gestión de la política, sino también de la economía. Pues sin una economía política limpia de corrupciones y rapiñas no cabe salir del pozo de la miseria galopante: es, ya lo sé, sólo el primer paso, pero un primer paso indispensable. Para los españoles resulta difícil entender la verdadera dimensión de la crisis argentina: al fin y al cabo, desde la posguerra nuestro bienestar no ha hecho más que mejorar. ¿Se imaginan volver ahora de golpe y porrazo a la miserable situación de los 40? Pues de ese mal sueño acaban de despertarse en Argentina para comprobar horrorizados que su sueño era tan real como la vida. Eso están viviendo en Argentina: una especie de posguerra. Y para salir de ella han de elegir, ¡pobriños! entre lo peor... y lo peor. ¡Suerte, hermanos!