CORRÍA el año 1958 en Bagdad cuando unos oficiales del ejército iraquí, inspirados por el éxito del golpe de Estado protagonizado por Abdul Gamal Nasser e imbuidos por las teorías nacionalistas que arrasaban en Oriente Medio, se levantaron en armas para acabar con la monarquía hachemita (originaria de La Meca e impuesta por el Gobierno británico) y con la oligarquía económica. Desde 1921 las revueltas populares se habían ido sucediendo unas a otras, ya fueran impulsadas por cuestiones étnicas, económicas o políticas, haciendo que la clase dirigente estuviera cada vez más alejada de la realidad del pueblo. Las desigualdades sociales se fueron agudizando como consecuencia de los tejemanejes del Gobierno británico, más preocupado en mantener su control del país como zona estratégica clave que en hacerlo prosperar. Se calcula que, en 1958, sólo unas veintitrés familias tenían un patrimonio superior al millón de dinares, controlaban más del sesenta por ciento de la riqueza del país y se repartían todo tipo de prebendas, negocios, y puestos políticos. Entre estas veintitrés familias destacaba la de los Chalabi. Aunque no se sabe a ciencia cierta si procedían originariamente de Arbil o de un pueblo al norte de Mosul, si se puede asegurar que, originariamente, eran sunitas. Se pasarían al chiísmo como consecuencia de su traslado a Kadimiya, un pequeño pueblo al noroeste de Bagdad, donde la mayoría de la población profesaba ese credo. El viejo Alí al Chalabi, ya a mediados del siglo XIX era temido y odiado en la localidad por ser el cobrador de impuestos. Su hijo, Abdul Hadi, incrementaría el patrimonio familiar haciéndose con la concesión del tranvía que conectaba Kadimiya con Bagdad. Sus nietos controlarían el comercio del cereal, el cemento y el banco Rafidain, pero, sobre todo, destacarían por su amor a los puestos políticos, al conseguir permanecer en el gobierno durante 13 períodos legislativos. Ahmed Chalabi, el actual pretendiente a la silla presidencial iraquí y candidato favorito de Estados Unidos, es descendiente directo de aquéllos. Ha pasado toda su vida fuera del país que ahora pretende gobernar, preparándose para ocupar la silla que, hasta hace poco, ocupaba Sadam Huseín. Y lo ha hecho no sólo formándose intelectualmente, sino intentando ganarse los apoyos necesarios para lograrlo. Por una parte, ha estado colaborando durante años con la CIA; por otra, ha creado el partido político opositor en el exilio denominado Congreso Nacional Iraquí. Sin embargo, son muy pocos los que le conocen dentro de Irak porque, aunque pertenece a la etnia mayoritaria y tiene el apoyo norteamericano, no ha vivido ni una década en el país. Es lícito preguntarse si, cuando el pueblo iraquí vaya recuperándose de la caótica situación en la que vive y pueda obtener información imparcial, aceptará como presidente a un hombre condenado en rebeldía por un tribunal jordano y cuyos antecedentes familiares le vinculan con la derrocada monarquía hachemita y el colonialismo británico.