¿POR QUÉ Francia defiende con uñas y dientes el papel de la ONU en el mundo actual y se enroca en el Consejo de Seguridad cada vez que la ve en peligro? Tal apego podría ser tildado de oportunismo, y algunas razones habría en las circunstancias actuales para hablar de ello, pero la realidad tiene unas credenciales históricas incontestables. En un libro titulado Francia y la ONU , publicado en 1995 con la colaboración del Ministerio de Asuntos Exteriores galo, el entonces jefe del Gobierno Alain Juppé afirmaba con rotundidad: «La ONU es para nosotros, y especialmente para Francia, una ardiente obligación». Nada menos. ¿Y por qué es así? Porque la ONU es el lugar donde Francia es y actúa con mayor comodidad por encima de su relevante lugar en el mundo. Francia está muy presente en la actividad de esta organización y hace incansablemente propuestas a la Asamblea General y al Consejo de Seguridad. De ello se encarga una nutrida y eficaz tropa de funcionarios y diplomáticos, todos ellos conscientes de que, como escribió el propio Juppé, «gracias a la ONU, la capacidad de influencia de Francia toma una dimensión absolutamente diferente». En el citado libro Francia y la ONU , el embajador André Lewin (coordinador de la obra) hace un detallado recuento de los éxitos galos, numerosos y con frecuencia desconocidos, y recuerda que Francia es miembro permanente del Consejo de Seguridad y líder de la francofonía (un tercio de los Estados miembros de la ONU), al tiempo que el francés sigue siendo «una de las dos primeras lenguas de trabajo de la organización». Si se repasa el comportamiento de Francia en la ONU desde 1945 hasta hoy, se entienden mucho mejor las actitudes presentes. No ha tenido la ONU mejor creyente, ni tampoco quien le saque más partido. Por eso, París no dará el brazo a torcer en nada que pueda volverla irrelevante. La ONU es para Francia lo que el escenario para el bailarín Nijinsky: un pretexto. Un pretexto para ser más grande, evidentemente.