EN ESPAÑA ya hay algunas zonas que deben considerarse peligrosas. Las noticias sobre bandas armadas saltan a los periódicos con demasiada frecuencia. La facilidad con la que actúan camellos y trapicheros armados sorprende a los habitantes de algunas ciudades que sólo conocían la violencia en episodios aislados, y las tradicionales áreas de delincuencia de Levante o la Costa del Sol, que servían de refugio a las mafias italianas, turcas o marsellesas, se están convirtiendo en un juego de niños en comparación con las nuevas bandas de matones que actúan a pleno sol y con el kalashnikov en la mano. El caso de Madrid está resultando extraordinariamente grave. Porque, si bien es cierto que el número de muertos no es comparable con el de las grandes ciudades de América Latina o Europa del Este, las nuevas formas de la delincuencia madrileña nos están alertando sobre un cambio cualitativo en la actuación de unos asesinos que, si se asientan entre nosotros, tardaremos décadas en erradicarlos. Pero el problema del orden público va más allá de la vistosa irrupción de los asesinos a sueldo, y no deja de ser lamentable que toda España se esté familiarizando con la existencia de bandas violentas que desvalijan pisos y fábricas a cualquier hora, importan y venden mujeres como si fuesen ganado, o alunizan con coches robados contra las joyerías. Cada vez son más los ciudadanos presuntamente normales que recurren a la pistola o al cuchillo para resolver las diferencias con su pareja o ajustes en sus negocios e intereses. Y cada vez hay más gente que piensa que los muertos por el tráfico rodado u otras causas corrientes son inevitables. ¿Qué dice el ministro Acebes de todo esto? ¿Por qué no explica los asesinatos cometidos en Madrid este fin de semana? ¿Qué planes tiene Michavila para combatir el crimen organizado? ¿Qué piensa el Gobierno sobre los barrios sin ley que empiezan a surgir en Madrid, Barcelona o Málaga? Nada de nada. Los españoles hemos aceptado que sólo tenemos un problema de orden público que se llama ETA, que ese problema no tiene más responsables que los propios pistoleros, y que todo lo demás puede ser calificado como cosas de la vida o pecata minuta . Y así vamos caminando, lenta e inexorablemente, hacia la condición de ser el país más inseguro de la UE, con una sociedad que cada día da más batallas por perdidas. Teniendo sabios infalibles como Acebes y Michavila no voy a ser yo quien les diga cómo se resuelven estas cosas o cómo era España hace diez años. Pero puedo recordarles, sin embargo, que un orden público degradado es como una gangrena para la democracia y la libertad, y que España ya es un país en grave riesgo.