Los concellos, el «Prestige» y la guerra

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

DICE AZNAR que ahora toca hablar de nuestros pueblos y ciudades, de sus alcaldes y concejales, del cuidado de los jardines y del sabor del agua, y de todas aquellas cosas que hacen los concellos con los pocos dineros que recaudan entre sus vecinos y con las inmensas cantidades de transferencias que les hacen desde otras haciendas (estatal, autonómica o europea) que reparten impuestos generales. El argumento que subyace a tan racionalista discurso es que lo que ahora vamos a elegir son nuestros alcaldes y concejales, y que, por más vueltas que se le dé, no acaba de verse qué relación existe entre nuestra política local y la guerra de Irak, o entre nuestros alcaldes y un barco enferruxado que se parte sobre la Fosa Atlántica. Para mí, sin embargo, es un error concebir la política como si fuese una novela por entregas, fragmentando sus dinámicas y objetivos, y tratando cada elección con criterios diferentes. La idea del bienestar es única, y la sensación de un país bien gobernado y estable sólo puede deducirse de un proceso complejo en el que se integran todas las políticas que definen nuestro entorno, porque, si es evidente que a nadie le gusta vivir en una ciudad sucia e insegura asentada en un mundo idílico y solidario, también es obvio que ningún ciudadano de bien se encontrará a gusto en una sociedad opulenta y primorosa rodeada de miserias y de guerras. Más aún, si no somos unos simples, y analizamos la génesis de nuestro bienestar, enseguida nos daremos cuenta de que los desordenes se extienden como las manchas de aceite, y que, por muy lejos que sucedan las catástrofes, siempre llega el chapapote a nuestros acantilados. Y por eso me parece más lógico trabajar la política como un proceso integrado, y de efectos sistemáticos, que cerrar los ojos a un problema para arregla otro, o dar la espalda a una miseria para disfrutar del bienestar. Y eso es tanto como decir que, tratándose siempre de los mismos partidos, del mismo país, de los mismos votantes, de las mismas haciendas y de parecidos problemas, la única posición razonable es aquella que ordena los objetivos de acuerdo con su importancia, para después mandar mensajes a través del buzón electoral que tengamos más a mano. Por eso espero que me comprendan si les digo que mi problema actual no tiene nada que ver con lo que me cuentan en los mítines, y que, viviendo en el horizonte del Prestige y de la guerra, se me caen de la mano los folletos electorales. Mi problema se llama Bush, y no Dositeo Rodríguez. Lo que no me deja dormir es la guerra, y no el camión de la basura. Y por eso voy a votar para solucionarlo. Y usted, si me hace caso, haría lo mismo. Con toda libertad.