TODAS las muertes debieran ser consideradas igualmente absurdas e inútiles. Hay, sin embargo, en todos los conflictos, unas muertes que sentimos con dolor más punzante: son las últimas, aquéllas que se produjeron meses, días o incluso minutos antes de terminar la tiranía o la guerra. Nos parecen mas bien una burla sarcástica, ¡qué lástima ahora que todo había terminado!, como si el destino hubiese de estar pendiente de esas insignificancias. Ha de ser un mecanismo de protección ante la fatalidad del mal especialmente innecesario. Por eso nos corroe la muerte de José Couso, allá en su hotel de Bagdad, filmando el final de la guerra de Bush, o aquellas últimas ejecuciones de Franco, tan cerca ya su muerte y el cambio inevitable, o éstas tan recientes de Fidel en lo que parecen estertores agónicos de su dictadura. Quizá este antes o después sea un falso problema, pues el tiempo no nos pertenece y nunca la muerte es oportuna. Pero somos así de fatuos ante lo insondable.